No
puede ser que esto me esté pasando. No es justo, no me lo merezco. Soy una
persona agradable, de buen carácter, sin problemas familiares que me hayan
lastrado psicológicamente, bien parecido, deportista, incluso diría que de
inteligencia superior a la media. Ya; ya sé que todo ésto no suena precisamente
modesto por mi parte, pero al fin y al cabo, estoy hablando conmigo mismo y no
tengo necesidad de andar con medias tintas. Por eso me parece inconcebible, ¡me
ha dicho que soy idiota!
jueves, 19 de marzo de 2015
EL IDIOTA
(Relato presentado al I Certamen de microrrelatos de amor "El Amor no Correspondido" y seleccionado para su publicación en Antología del concurso)
miércoles, 18 de marzo de 2015
MISTERIO
(Concurso de microrrelatos Cadena Ser. Primera frase dada)
Pintando aquellos extraños bisontes una
y otra vez, sin saber que significaban, ni porqué
los pintaba; era una fuerza superior que me inundaba, me oprimía, me
obsesionaba; tenía que pintar, constantemente, en cualquier soporte, bisontes,
pintar, …
—
Y a éste, ¿qué le pasa?
—
No lo sabemos doctor.
Le han traído anoche; le encontraron desnudo, en la azotea de un edificio, como
le ve, pintando bisontes. No habla, no ha dicho ni una sola palabra; nadie le
conoce; la policía no ha conseguido identificarle; no se explican cómo ha podido llegar hasta allí.
—
¡Vaya, vaya! Un
auténtico misterio. Todo un reto para empezar la semana.
lunes, 16 de marzo de 2015
BINTOU
(Relato presentado al II Certamen Literario de Relato Corto "Un Cuarto Propio" con temática de "Historias de mujeres")
Me
llamo Mbadi; procedo de una tribu en un
pequeño pueblo agrícola y ganadero del norte de Chad. Por circunstancias que
ahora no vienen al caso, siendo adolescente tuve la suerte de emigrar a Europa,
estudiar y conocer otras culturas. Descubrir el papel de la mujer en la
sociedad occidental me supuso un fuerte choque emocional. Me sentía, de alguna
forma, culpable. Al cabo de unos años, al morir mi padre volví al poblado. Una
vez en casa, revisando sus cosas, descubrí un pequeño cuaderno con notas que se
supone había ido escribiendo a lo largo de su vida, una especie de diario, de
reflexiones. Hubo una en la que hablaba de mi madre que me hizo replantearme
muchas cosas. Decía así:
Por lo que respecta a Bintou, mi esposa y
madre de Mbadi, me van a permitir que también sea yo quien les cuente algunas
cosas de su vida puesto que ella, como ocurre desgraciadamente con la inmensa
mayoría de las mujeres de África, no sabe leer ni escribir.
Tradicionalmente en la práctica
totalidad de los pueblos rurales de los países africanos, la mujer es la
encargada de la mayor parte de los trabajos domésticos, entendiéndose como
tales el cuidado de la casa y de los hijos, la recogida de agua, leña,
preparación de los alimentos, trabajos agrícolas, atención del ganado doméstico
que no haya que apacentar, etc. Este reparto de roles hace que, desde bien
pequeñas a las niñas se las instruye primero para ayudar a sus madres y, por
ende, a que sean consideradas como potenciales buenas esposas y se fijen en
ellas para que las elija un buen muchacho y formen su propia familia.
Desde ese punto de vista, la vida
de Bintou no se sale del guion lo más mínimo. Pero Bintou es más, mucho más que
todo eso.
Nuestro matrimonio fue pactado por
nuestras familias sin que nosotros formásemos parte de esa decisión. No, no lo
consideren negativamente; sé que en la sociedad actual, en el mundo occidental
eso se considera totalmente arcaico y son los jóvenes quienes toman sus propias
decisiones basadas en el amor, en la atracción, etc. Pero en nuestro mundo, en
nuestra sociedad, en nuestro pueblo las cosas se han hecho así “siempre” y ha
funcionado (con sus excepciones) razonablemente bien. El éxito se basa en que
la gente es noble, tiene buen corazón y el amor nace después y se hace fuerte
con la convivencia, los años, los hijos…. Puedo decir, con la cabeza alta y el
corazón en la mano, que el amor que Bintou y yo hemos aprendido en nuestro
matrimonio, es el Amor, con mayúscula.
Y ese amor ella ha sido capaz de
volcarlo en todos nuestros hijos; les ha enseñado con toda la paciencia del
mundo, ha sufrido con sus decepciones, ha sido dura e inflexible cuando notaba
alguna desviación, ha sido la mano que acaricia, la mirada que corrige, la
palabra que enternece, el silencio que dirige, la sonrisa que nos ensancha el
corazón.
miércoles, 11 de marzo de 2015
SAN VALENTIN
(Relato presentado al III Concurso de Microrrelatos de temática libra Pluma, Tinta y Papel y que resultó seleccionado para su publicación en antología del Certamen)
¿Por
qué ha de pasarme esto a mí? ¿Por qué he de encontrarme en esta situación? Yo,
Cartius Maximus, centurión de las legiones romanas, licenciado con honores de
la campaña de la Dacia, condecorado en la batalla de Naissus a las órdenes del
mismísimo emperador Claudio II. ¡Condenado a muerte por haberme casado el
sacerdote Valentín! ¡Maldito emperador y sus leyes!
martes, 10 de marzo de 2015
DOMINGO
(Relato presentado al Concurso de Narrativa Homenaje a Hemingway y seleccionado para publicación de antología del concurso)
El otro día, aprovechando
una leve mejoría del tiempo, salí a pasear por Pamplona, ciudad en la que
resido en la actualidad. La mañana, en su tibieza, desperezaba lánguidamente
por el caso antiguo silencioso, dominical, invitando al paseo sin prisa.
Encontré una terraza soleada en uno de los pocos bares abiertos; me tentó, así
que ocupé un asiento, le pedí al camarero un café americano, era un poco pronto
para lanzarse a veleidades vermuteras, y me sumergí en el sudoku del periódico.
Estaba bastante
concentrado, por eso no me di cuenta que ella se había puesto detrás de mí. De
repente me sobresaltó diciendo “yo creo que ahí va un cinco”. Me volví y me
encontré una chica guapa, joven, sonriente, un tanto “vintage”. Desde la mesa
de al lado, donde había otros cuatro jóvenes, alguien le dijo “Déjalo Brett, no seas entrometida”.
Levanté la vista y
quedé mudo de asombro. Allí estaban, en persona, Jake, Cohn, Bill y Mike.
lunes, 9 de marzo de 2015
VIAJE HISTÓRICO
(Relato presentado al IV concurso de Relatos Breves 8 de Marzo por la Igualdad, convocado por el Ayuntamiento de Elche)
A
pesar de que han pasado ya varios años del episodio que voy a relatar, aún se
me eriza la piel cuando lo recuerdo, y soy incapaz de dar, de darme, una
explicación razonable o, al menos, coherente. Juzguen ustedes.
La
cuestión es que me encontraba enfrascado en la lectura de un manual de Gil
Pecharromán sobre la segunda república cuando, sin razón aparente, se me nubló
la visión y caí en un estado de semiinconsciencia. Fueron tan solo unos breves
instantes pero, cuando me recuperé me encontraba, sorprendentemente, en la
esquina de un local, de un café, con grandes ventanales vestidos con largos
visillos de encaje. Dos hileras de mesas de madera, con cristal de fondo verde
aguamarina, acogían varias tertulias; la luz era difusa pero pude observar que
la gente vestía raro, antiguo. Al fondo de la sala la pared estaba forrada por
grandes espejos; bajo ellos se encontraba la que me pareció la tertulia más
animada del local. Una docena de personas, hombres, rodeaban, jaleaban,
increpaban a una mujer de mediana edad que, claramente llevaba la voz cantante
de la reunión.
Me
dejé llevar por la curiosidad, me acerqué, arrastré una silla vacía de una mesa
cercana y me senté al lado de un sudoroso y bigotudo sesentón que olía a
fritanga y se tocaba con un extraño bombín.
- ¡No
se empecine usted, señora! – oí que decía en ese momento un anciano que
sostenía un bastón con empuñadura de plata, un poco a mi derecha – esa igualdad
de sexos que propugna no se verá jamás.
- Está
claro que no lo entienden, o no lo quieren entender. – respondió ágilmente su
interlocutora – No hablo de igualdad de sexos. Eso es una auténtica necedad. Si
existen dos sexos es porque, obviamente son diferentes. Si fuesen iguales tan
solo existiría uno. – Murmullos de aprobación – De lo que estoy hablando desde
el principio, lo que propugno desde hace años, es la igualdad de derechos y
deberes de ambos sexos. Claro que somos diferentes hombres y mujeres;
físicamente las diferencias son notoriamente visuales, como también lo son las
existentes entre una persona alta y una baja, o entre una gruesa y una delgada.
Pero en todos los casos, cada uno con sus características, altos, delgados,
gruesos, mujeres, bajitos, hombres, en todos los casos, insisto, estamos
hablando de personas, de seres humanos y, como tal, con los mismos derechos. En
España esos derechos se traducen, se deben traducir, en el derecho a
desarrollar de igual forma las capacidades intelectuales de cada individuo, en
el derecho a decidir qué vida quiere llevar cada persona, tanto individual como
colectivamente, dando sentido con su decisión, con la suma de decisiones de
cada persona, hombre o mujer, a la decisión colectiva del camino a tomar; y
eso, en una democracia, se llama ¡votar!
Las
respuestas, airadas, de la mayoría de los contertulios no se hicieron esperar:
- ¿Pero
qué dice esta loca?
- ¡Mujeres
votando! ¡El acabose!
- ¡Hasta
ahí podríamos llegar! ¡No faltaría más!
El
bigotudo del bombín que estaba a mi lado se frotaba el mentón mientras fruncía
el ceño. Con voz grave, pausada, empezó a hablar acallando el guirigay que se
había formado:
- Bien,
bien, señora. Admitamos por un momento, en un extraordinario ejercicio de
imaginación, que se concede el voto a la mujer. No creo que se consiguiera
añadir nada nuevo a los resultados de las votaciones, se votara lo que se
votara. – Caras interrogantes, ceños fruncidos, cabezas negando – Me explico;
la práctica totalidad de las mujeres dependen, como es lógico, de un varón,
bien sea su marido la mayor parte de los casos, bien su padre en el de las
solteras mayores de edad, o incluso su hijo en el de las viudas ancianas. Como
parece lógico y normal, en la casa se hace lo que el cabeza de familia, el
hombre, manda; y a la hora de votar, pues lo mismo. Por lo tanto no habría
ningún valor añadido a la sociedad con el voto femenino. – terminó el hombre
con gesto triunfante, torero, recogiendo la mirada de aprobación y aplauso del
corro.
- ¡Efectivamente,
ahí quería llegar! – recogió el guante la mujer, aguantando el chaparrón de
vítores. – Ese dominio del cabeza de familia que usted ha incorporado a la
diatriba, ese ¡aquí mando yo! Que se impone en la mayoría o en la totalidad de
los hogares, esa tiranía doméstica, ¡tiranía, si!, a las cosas hay que
llamarlas por su nombre; esa dictadura conseguida en no pocas ocasiones con la
violencia y la represión física; eso, justamente eso, es lo primero que tiene
que cambiar, que tiene que desaparecer. – gritos de ¡fuera, fuera! –
Desgraciadamente este cambio, aunque algún día pueda llegar a legislarse, no se
conseguirá hasta que no obtengamos el suficiente sentido común como para
aceptar que nadie, absolutamente nadie puede imponer su voluntad al resto de
las personas mediante la fuerza, mediante la violencia; y esto hay que llevarlo
a las últimas consecuencias; no se trata ya de hablar de naciones, de guerras,
de política. Estamos hablando de personas, de familias. No es un mandato divino
el que unas personas decidan por otras; ese poder hay que consensuarlo, hay que
ganarlo, hay que trabajarlo, no hay que vencer, sino convencer. Y ese sentido
común que poco a poco tendremos que adquirir, lo necesitamos todos, tanto los
hombres para aprender a comprender, como las mujeres para aprender a exigir.
Llegado
a este punto, mi admiración y entusiasmo ante el ardor y la fuerza oratoria de
la mujer, que había ido en aumento, llegó al máximo y solté un ¡bravo! Que
atrajo las furibundas miradas amenazantes de la concurrencia. Me sentí bastante
empequeñecido, no sabía dónde meterme. Para rebajar un poco la tensión me
dirigí, en voz queda, al joven que ocupaba la silla de mi derecha - ¿Quién es
esta mujer? - ¡Cómo! – Respondió sorprendido - ¿Es que no conoce a Clara
Campoamor? ¿De dónde sale usted?
En
ese momento recobré la consciencia, bruscamente, sobresaltado.
viernes, 6 de marzo de 2015
TRANSPORTADO
Seguía atrapado allí
dentro, a ratos angustiado y a ratos cabreado. Llevaba ya varias horas y las
perspectivas no pintaban nada bien. Más bien estaba empezando a resignarse, a
perder la esperanza, a abandonarse. Le preocupaba bastante esas luces que
empezaba a ver, cada vez con más frecuencia, una especie de caleidoscopio
polimorfo, un estallido cromático que le transportaba a no sabía dónde, pero
agradable, dulce, sin dolor. Era una sensación pasajera, iba y venía; la
primera vez se asustó, “¿me estaré
volviendo loco?”; las siguientes, como el cerdo chino, agridulce. Ahora ya
no deseaba volver. Y no volvió.
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