Mostrando entradas con la etiqueta Relatos breves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos breves. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de junio de 2017

EL HOMBRE QUE NO SABÍA LLORAR

Cuando llevaba mucho tiempo sin llover le daba por llorar. Era inevitable. No es que le preocupasen especialmente los daños de la sequía, o el riesgo de incendios. Tampoco le preocupaba en exceso la proliferación de malos olores en las ciudades, alrededor de los contenedores de basuras;  o que se produjera un más que visible aumento de ratas, cucarachas y otras especies invasivas autóctonas. Nada de eso. Simplemente era una reacción puramente física que había experimentado desde siempre, desde su más tierna infancia. En cuanto pasaban siete días seguidos sin llover, sus ojos empezaban a manar de forma incontrolada. Tampoco es que fuera una catarata, pero era bastante constante. Esos días necesitaba  beber con frecuencia ya que el riesgo de deshidratación podría llegar a ser cosa seria. Eso sí, cinco horas antes de que empezasen a caer las primeras gotas, dejaba de llorar. Con una puntualidad británica. De la misma e inexplicable forma que empezaba, se paraba.

Esta especie de súper poder le había marcado y, de alguna forma, le había predestinado en la que sería su profesión, su vocación, su pasión. Desde niño nunca pensó en ser otra cosa que hombre del tiempo, aunque muy pronto aprendió a decir lo de climatólogo.

Su vida estaba plagada de anécdotas, situaciones graciosas y otras no tanto, alguna incluso casi trágica, o cuanto menos dramática. Ya se sabe, un llanto a destiempo, unas lágrimas fuera de lugar, le acarreaban un sinfín de explicaciones no siempre comprendidas o creídas por interlocutores agnósticos. De todas formas, se consolaba con orgullo, siempre son más llevaderas las lágrimas inoportunas que las carcajadas extemporáneas.

Con los años empezó a tener problemas psicológicos a causa de esta anormalidad. Lo que de niño, o de joven, le servía para marcar diferencias, hacerse notar, llamar la atención, en fin, destacar del resto, con el tiempo fue agriándole el carácter hasta el punto de llegar al odio más profundo. Odio a todo, a sí mismo por ser anormal, al resto del mundo por admirarle o envidiarle en esa anormalidad; comenzó a odiar los días de sol y aún más, no sabría explicarlo, los días de lluvia. Odio intenso a su profesión en la misma medida, o incluso más, de lo que la había amado. Llegó un momento en que en su vida no cabía más que el odio.

El cambio empezó un día que, sin saber porqué, empezó a sentir una profunda pena a la vez que se licuaban sus lagrimales. Al igual que la anormalidad física, tampoco pudo encontrar una explicación para esta novedad espiritual. Pero lo cierto es que sentía un pesar tan grande que casi llegaba a cortarle la respiración. Y la pena continuó durante los catorce días que duró aquel pequeño periodo de sequía climatológica. Llegó un momento que no sabía si sentía pena porque lloraba, o el llanto era a causa de la pena que sentía.

Intentó suicidarse varias veces de distintas formas, a cada cual más original e imaginativa. Pero unas veces por falta de valor y otras por verdadera mala suerte, o mala planificación, que de todo hubo, fue de fracaso en fracaso.

La gente que le conocía era incapaz de comprenderle. Cómo es posible — le decían —  que teniéndolo todo, fama, dinero, éxito, pretendas quitarte de en medio. Cuántos quisieran — le reprendían otros — poder llorar por tus ojos. Sabía que era por su bien, que le querían, lo cual no hacía más que incrementar su odio, por sí mismo, por su familia, por sus amigos, lo odiaba todo y a todos. Sin embargo un buen día todo cambió inesperadamente. En efecto, se trataba de un buen día de sol, de calor, de cielo azul, limpio, sin nubes; un día igual a los seis anteriores; un día, el séptimo, en el que empezaría a llorar nuevamente. Sin embargo ya cuando se despertó por la mañana se dio cuenta que algo extraño pasaba. Se sentía como el espectador de su propia película, viéndose desde fuera, observándose. Era un sensación rara; ni agradable ni molesta, simplemente distinta. Intentaba llegar al fondo del asunto cuando, de repente, se dio cuenta que no estaba llorando, que debería estar haciéndolo pero no. No lloraba. No lloró en todo el día, ni al siguiente, ni al otro. De hecho no volvió a llorar nunca más. Sus ojos se quedaron completamente secos, hasta el punto que empezó a usar lágrimas artificiales para poder hidratarlos. Inútil. Toda la vida había sido distinto al resto del mundo y no iba a dejar de serlo. El remedio no funcionó y la sequedad de sus globos oculares le generó en poco tiempo una ceguera total.

Empezó a beber para mitigar el dolor que sufría y se convirtió en un alcohólico. Le despidieron de su trabajo, le abandonó toda la gente que antaño le había querido y que él, en su odio, había ido alejando poco a poco, uno a uno.


A veces, entre resaca y resaca tiene algún ramalazo de lucidez y piensa, y recuerda lo feliz que llegó a ser cuando sabía llorar.

viernes, 22 de julio de 2016

RESTAURANTE EL PÓSITO



El Pósito, en Cambrils, es un restaurante como dios manda, de los de toda la vida, de los que abren solo para dar de comer o de cenar, sin chorradas, sin ambigüedades intermedias a entrehoras. Y principalmente pescados y mariscos, como corresponde a un puerto de mar.

Tiene buena fama, labrada con el buen hacer de muchos años dando de comer en cantidad, calidad y a un precio razonable. Aunque ha pasado por varias ubicaciones dentro del pueblo, no es óbice para que, sobre todo en verano, haya largas filas desde bastante antes de la hora de apertura para asegurarse una buena mesa, o al menos una mesa. Lo dicho, la fama merecida y bien ganada.

El matrimonio, ya entrado en años, hacía sitio en la fila pacientemente desde las ocho menos cuarto; cuando les tocó el turno, la encargada con una sonrisa les preguntó:
    ¿Mesa para dos?
    No – contestaron al unísono – para cinco.
    ¿Les parece bien aquella de la derecha, debajo del cuadro? – no pareció descolocarle la respuesta sobre el número de comensales.

Al matrimonio le pareció bien la mesa asignada, pegada a una pared con un banco corredero por uno de los lados, lo que impedía que el ocupara la esquina pudiese salir libremente, teniendo que hacer levantarse al resto, pero no había cerca una salida de aire acondicionado, que siempre condiciona la posibilidad de inoportunos resfriados.
    ¿Quieres que me ponga yo en la esquina, para que puedas salir mejor al baño? - Le dijo él, solícito.
    No, no, que a mí me gusta estar así, encajonada. Si tengo que salir al baño te levantas y ya está – rechazó ella con una sonrisa arrebatadora.
    Bueno, a ver si no tardan mucho en llegar. Mientras tanto podíamos pedir un poco de vino para ir entrando en faena.
    Sí, me parece bien – asintió ella – Déjame salir al baño, anda.

Los camareros, de ambos géneros, por supuesto, pasaban por delante de la mesa a velocidad endiablada. Desde el primer momento se palpaba la tensión habitual de las mesas totalmente ocupadas, gente ansiosa de ser atendidos los primeros, tarea harto difícil cuando prácticamente llega todo el mundo a la vez. El hombre aprovechó que uno de ellos, un camarero imberbe de puro joven, se le ocurrió mirarle al pasar para hacerle una seña con la mano a la vez que enarcaba las cejas
    ¿Nos puede traer una botella de blanco Bach semi, por favor?
    ¿Blanch? – preguntó desconcertado
    Blanco Bach semi – repitió el comensal más pausado, separando las palabras, casi deletreando.

Debió de darse por enterado ya que se fue hacia una consola que daba soporte a un ordenador y tecleó algo. Volvió casi de inmediato.
    Perdón, ¿Qué son dos, ustedes?
    No – nuevamente al unísono – somos cinco.
La sala estaba casi llena, pero aún seguía entrando gente. Se notaba que era viernes y que la gente sale con más alegría a iniciar el fin de semana dándose un homenaje. La ubicación de la mesa les daba una buena panorámica de la entrada, que no dejaban de mirar para ver si por fin llegaban la hija, el yerno y la nieta que completasen la mesa.

Antes de que llegase la botella de vino, se acercó una nueva camarera, también muy joven, que depositó un pequeño cuenco de olivas arbequinas, pequeñas, con hueso, color verde oscuro, cortesía de la casa para facilitar la espera, a la vez que preguntaba nuevamente
    ¿Son solo ustedes dos?
    No, somos cinco – ya de forma monótona y cansina, pero siempre al unísono.

Al poco llegó un camarero, otro distinto del imberbe anterior, que con un aspaviento un tanto teatral les mostró la botella que traía para que comprobasen que, efectivamente coincidía con lo pedido. Cuando recibió el asentimiento se limitó a descorchar y dejar encima de la mesa, deseando que los señores tuviesen una velada agradable. Curiosamente ni sirvió una primera copa, que suele ser lo habitual, ni tampoco dejó el corcho, lo cual no hubiese sido raro si se tratase un tinto, que debe respirar una vez abierto, pero un blanco…

Los minutos de espera por el resto de los comensales se alargaron un poco más de lo previsto debido, principalmente, al desconocimiento que tenían del pueblo, ubicación de posibles aparcamientos, finalización de batería del móvil que les señalaba el camino, más o menos por este orden. Finalmente les avistaron en la fila de gente que esperaba turno en la entrada y les hicieron señas para hacer notar su ubicación. El encargado, al que vamos a llamar Ignacio por llamarle de algún modo, se percató de las señas que ambos grupos se hacían e incluso interactuó bromeando
    ¿Seguro que les están esperando? – les preguntaba a los recién llegados. Y dirigiéndose a la mesa que ocupaba el matrimonio – Dicen que les esperan ustedes, ¿será verdad?, ¿les dejo pasar? – lo que provocó sonrisas por parte y parte, y la generación de un ambiente de cordialidad y buen humor.

Después de los saludos de rigor, los besos, apretones de manos, etc. decidieron pasar sin más dilación a revisar la carta para ver que pedían. Entre unas cosas y otras ya había pasado bastante tiempo y este tipo de restaurantes, aunque de forma tácita, tienen establecidos dos turnos horarios de ocupación de las mesas que los camareros se afanan en cumplir porque se saben controlados.

El propio encargado, Ignacio, les tomó la comanda, unos primeros variados y unas fuentes de pescado y marisco de segundos, todo para compartir entre los dos matrimonios. Para la niña un plato que suelen preparar, adecuado a la edad, a base de pescado rebozado y patatas fritas, una especie de fish and chips a la española. Se rellenaron las copas de vino y brindaron por el encuentro.

Más pronto que tarde llegó un nuevo camarero distinto de todos los anteriores, vamos a llamarle Carlos, que traía los primeros platos y, a los pocos segundos, el de la niña. Excelente. Había buen apetito por lo que, de inmediato, se pusieron a la faena de dar buena cuenta. En ello estaban cuando Ignacio, al pasar una de las veces junto a la mesa, les dijo muy sonriente que ya había dado orden de marchar los segundos.
    Ah, pues muy bien – les respondió alguno de los comensales.
    Se conoce – dijo la abuela cuando Ignacio ya había pasado – que vamos retrasados y quieren que recuperemos el ritmo del resto.

No habían pasado siquiera tres minutos de la aparición anterior cuando, en esta ocasión es Carlos quien se acerca a la mesa para informarles que los segundos ya estaban marchando y, de paso, retirar algunos de los platos de los primeros ya vacíos.
    Vale, vale. Qué marchen pues – contestaron – y traiga también otra botella de vino, por favor.
En los siguientes cinco minutos volvió el mentado Carlos a recoger el resto de platos del primero, ya totalmente vacíos, así como el de la niña que, como de costumbre no se lo había acabado pero había dejado clara su intención de “Papi, ya no tero más”. También se acercó, en ese intervalo, el teatral camarero que tenía por misión servir el vino; bueno, servirlo no, como ya he explicado anteriormente, solo llevarlo a la mesa. Al igual que la primera vez, volvió a desearnos que tuviéramos una buena velada. Repitió Carlos, esta vez para dejar platos limpios con los que acometer el segundo que, si no había dejado de marchar, estaría a punto de irrumpir en escena.

Al cabo de media hora de esa última visita de Carlos, la situación no había variado lo más mínimo. Los platos limpios para el segundo seguían limpios y el segundo, o bien no marchaba, como nos habían informado, o bien se había marchado demasiado lejos y había pasado de largo. Ante las caras, mitad incomprensión mitad cabreo que el abuelo le dirigió a Ignacio en una de sus múltiples idas y venidas por la sala, éste se acercó para informar que había habido un pequeño problema, pero que ya estaba subsanado y en menos de cinco minutos tendrían el segundo en la mesa; todo ello mientras toqueteaba desesperadamente en una tableta desde la que se supone vociferaba instrucciones a la cocina.

No fueron cinco, ni diez, sino quince minutos los que pasaron hasta que, después de un breve parlamento entre Ignacio y Carlos en uno de los fondos mirando con insistencia hacia la problemática mesa, Ignacio volvió a acercarse pidiendo nuevamente disculpas, informando la buena nueva de que los segundos volaban en ese instante por el pasillo hacia la mesa y concediendo barra libre para todos los cafés, chupitos y cava que quisieran consumir posteriormente, como compensación a una situación tan embarazosa. Ante el displicente meneo de cabeza del abuelo, añadió
    No, no, ya sé que eso no vale para disculparnos, pero compréndame…

Como había hambre acumulada de al menos tres cuartos de hora, la conversación no fue a más y los comensales se dispusieron a devorar el segundo que, ¡por fin!, reposaba en el centro de la mesa. Al menos las viandas merecían la pena. Se tomaron postres, cafés y chupitos, no todos, la abuela ninguna de las tres cosas. Seguro que nada que no hubieran tomado de no haber mediado la compensación ofrecida por Ignacio.

De todas formas, aunque la buena educación no dejaba traslucirlo, el ambiente se había caldeado un tanto y los ánimos ya no eran los mismos que al inicio. Cuando pidieron la cuenta, al observar que había sobrado más de media botella de vino de la segunda pedida, solicitaron al camarero, a Carlos, que les trajese el corcho ya que deseaban llevársela. Al fin y al cabo el vino no era barato, le había facturado la botella completa, como es lógico y, puesto que era suya, la querían, pero con corcho.

Transcurrieron otros diez o quince minutos después de haber pagado y el corcho debía de haber tomado la misma senda que en su momento tomaron los segundos platos, ya que no terminaba de avistarse. Eran cerca de las once de la noche, la niña, cuatro años escasos, pobre, se la veía muerta de sueño y cansancio. Así que su madre, ni corta ni perezosa, se irguió y, botella en mano, con su vestido largo y floreado, se dirigió pausada y poderosa hacia la barra. En el camino se dio de bruces con Carlos el cual, con la expresión demudada dio media vuelta, a pesar de llevar ambas manos ocupadas con platos para otras mesas, y acompañó hasta la barra a la portadora de la botella, donde el teatral y aspaventoso sumillier se negó a facilitar un corcho. Tuvo que ser el propio Carlos, suficientemente abochornado por todos los acontecimientos, el que rebuscase en el cajón de los corchos y corchase la botella mientras el otro, el de los vinos, rezongaba constantemente sobre la miserable condición de los clientes que se llevaban sus medias botellas.

Finalmente, después de cerca de tres horas y media, salieron del restaurante, botella en ristre, mientras a la puerta, el encargado, Ignacio, les saludaba con un apretón de manos reiterando sus disculpas.
    No ha sido nuestra mejor experiencia – se despidió el abuelo – pero tenga por seguro que insistiremos – amenazó sonriendo

lunes, 20 de junio de 2016

EL PORTERO

Estábamos desolados, abatidos, tristes. Todas las ilusiones que nos habíamos creado, los sueños vividos una y mil veces,… todo roto, por los suelos. ¡Y ni siquiera habíamos jugado!

La historia se había iniciado con la convocatoria de la sociedad de festejos de un torneo de fútbol para menores de doce años que se celebraría durante el mes de fiestas de la ciudad, y en el que podría participar cualquier equipo, bien fuese federado o, simplemente, un equipo formado por los amigos del barrio, siempre y cuando mantuviesen una uniformidad. Parece una tontería, pero a finales de los años sesenta conseguir una equipación de diez o doce camisetas y pantalones iguales para uniformar un equipo de fútbol no era moco de pavo.

Ya nos veíamos triunfando por todo lo alto. No es que fuéramos un equipazo, al menos en lo que al juego se refiere, pero éramos un equipo con mayúscula porque éramos los amigos del barrio de toda la vida. Llevábamos jugando juntos desde que aprendimos a andar, nos queríamos, nos admirábamos; nuestra unión, nuestra pandilla tenía más importancia incluso que la familia.

En cuanto supimos de la convocatoria nos pusimos a planear la forma de conseguir los “trajes de futbolista”, como decíamos antes. Visitamos a todos los comerciantes del barrio intentando conseguir un patrocinador, pero no estaban los tiempos para esas alegrías, nos dijeron, y el márquetin y la esponsorización no eran términos muy conocidos en la época. Lo que si conseguimos fue que una fábrica de galletas que se había instalado recientemente en la zona, nos cediera un lote surtido de todo lo que fabricaba, pastas, galletas,… y se nos ocurrió la idea de rifarlo entre todos los vecinos. Confeccionamos a mano las papeletas y nos dedicamos a ir casa por casa, por todo el vecindario, vendiendo nuestra rifa de galletas.

Se nos puso la piel de gallina el día que salimos de la tienda con nuestras camisetas, blancas con una línea roja en diagonal cruzando el pecho, “cómo las del Rayo Vallecano”, dijo Regino que era el más enterado de deportes porque leía el As todos los días.

Lo de entrenar para el torneo ni siquiera nos lo llegamos a plantear, ¿para qué?, simplemente jugábamos al fútbol todos los días, a todas horas, en la plaza, en el descampado, en la calle, interrumpiéndonos cuando, de vez en cuando, pasaba algún coche; incluso en un foso que habían hecho al lado de la iglesia nueva con intención de poner un estanque, pero que nunca habían llegado a echar agua. No era muy grande, pero se podía jugar dos contra dos, sin porteros y utilizando las paredes. Quién iba a decir que con el tiempo…

El bajón nos llegó de improviso, sin que nadie contase con ello. El día que fuimos a inscribir el equipo en el torneo. Fuimos todos juntos, ¡faltaría más! El encargado de tomarnos los datos se dirigió a Manuel, nuestro portero.

     ¿Y tú que eres, el entrenador o el masajista?
     ¡Nooo!, el portero – contestamos a coro
     Huy pues, ya lo siento, pero eso na va a ser posible. No te puedo apuntar teniendo esa pierna así.

Nos quedamos atónitos, mirando para la pierna derecha de Manuel, la que llevaba, como había llevado toda la vida, metida en el armazón de hierros a causa de la polio.
Javier, que era el que más reflejos tenía y mejor sabía dirigirse a las “personas mayores”, contestó acto seguido.

     Pero oiga, que eso no le impide jugar, que es el mejor portero que hay, y además el aparato se lo quita para jugar sin ningún problema.
     ¡Que no!, no insistáis chicos. Si queréis que os inscriba al resto, no hay problema. Pero él – señalando a Manuel con el índice acusador – no puede jugar.

     Pues si él no juega, nosotros tampoco.

domingo, 22 de mayo de 2016

DÍA DE REYES



Cuando recuperó el conocimiento se encontró en el suelo, tumbada boca abajo, con el lógico aturdimiento que se presupone en estos casos; lo veía todo borroso, había perdido las gafas al caer, le pareció verlas a poco más de dos metros de donde estaba; intentó alcanzarlas pero un dolor lacerante le taladró desde la rodilla a la cadera impidiéndole cualquier movimiento, a la vez que le arrancó un gemido lastimero. Bueno, lo de no ver con claridad no constituía en ese momento su mayor preocupación. Así todo consultó su reloj de pulsera, un acto reflejo, no pudo ver qué hora era por lo que tampoco supo que había estado más de media hora inconsciente.

Intentó tranquilizarse en la medida de lo posible; ya que no podía ver, debía al menos pensar con claridad, evaluar las posibilidades de solventar la difícil situación en que se encontraba. Estaba claro que lo de moverse debía descartarlo; cualquier movimiento, no ya intentar ponerse de pie o semi incorporarse, sino el simple intento de arrastrarse para alcanzar las gafas le había producido un dolor tal, que incluso temía mover siquiera un brazo. Estaba al final del vestíbulo, en el pasillo de entrada a la casa, no le separaban de la puerta de la calle más que unos cinco metros, pero en esas condiciones, y con sus setenta y tres años a cuestas, se sentía como un náufrago en medio de un océano.

Su hija pequeña, su yerno y los niños se habían ido a eso de las nueve y media de la noche, después de haber pasado juntos un agradable día de Reyes; “¿qué hora sería ahora?”, daba igual, tenía claro que no iban a volver, ni tampoco llamarían por teléfono para avisar que habían llegado a casa por un viaje de apenas tres cuartos de hora. La única solución pasaba por llamar la atención de las vecinas, las más próximas, la de enfrente del rellano, o la de abajo. Lo mejor sería la de enfrente, Palmira, que además tenía llave de casa, pero no veía forma de poder alertarla, al menos esa noche. Mañana se pasaría, como todos los días, para ver si necesitaba que le trajera algo del mercado; pero a lo mejor mañana ya era tarde. La otra posibilidad era la vecina de abajo, Benedicta; podría intentarlo dando golpes con algo en el suelo de madera, pero Bene vivía sola y estaba sorda como una tapia; además, como no diera puñetazos en el suelo, no veía con qué podría golpear. La opción del teléfono tampoco le pareció viable, estaba en el salón, aún más lejos que la puerta de la calle, no podría llegar hasta él. En el año noventa y cuatro los móviles aún eran ciencia ficción, por no hablar de la medalla pulsador de la Cruz Roja, a la que le quedaban años para ser una realidad.

No debería de ser muy tarde ya que, a través de la ventana del vestíbulo que da al patio de luces, aún se entreveían reflejos de luces encendidas en los pisos de abajo. No se le ocurría ninguna solución pero intentaba no desesperarse. Era lo suficientemente mayor para saber que la paciencia daba mejores resultados que perder los nervios; además, no tenía miedo, no le asustaba morir, pero el dolor lo soportaba mal. Le ayudaría pensar en otra cosa.

Le vino a la memoria aquella otra vez que había estado así, tirada boca abajo, sin poder moverse, solo que entonces sí que estaba muerta de miedo. Hacía ya muchos años pero conservaba fresco el recuerdo - ¡cómo olvidar aquellos años! – estaba en Granda, en plena guerra civil, era el otoño del año 37. Las tropas rebeldes intentaban tomar Gijón, la última ciudad que se les resistía en el Cantábrico. La aviación hacía vuelos rasantes en las afueras y pueblos de alrededor, ametrallando todo lo que se movía. Ella, que tenía entonces diecisiete años, estaba en casa de sus tíos, acogida desde tiempo atrás, después del miedo cerval que había pasado en su pueblo, en la cuenca del Nalón, cuando una cuadrilla de falangistas enardecidos la rodearon, la acosaron, la humillaron.

Ayudaba a sus tíos y primas en las labores del campo, con el ganado, en la casa. Aquel día le encargaron que llevase unas botellas de leche a una casa del pueblo vecino; a mitad de camino empezó a oír los motores de los aviones acercándose, antes de verlos. De repente aparecieron por detrás de ella, eran dos aviones que, al verla, empezaron a tabletear sus armas. Dio un grito, soltó las botellas y se tiró al suelo, en la cuneta del camino. Allí permaneció sin moverse hasta que después de un par de pasadas más disparando sus ráfagas, los aviones abandonaron la presa y siguieron su deriva hacia la ciudad. Aún tardó cerca de dos horas en poder moverse, hasta que su tío la encontró rígida de miedo, en la misma cuneta en la que se había encogido, y se la llevó a casa.

Las horas pasaban despacio. Hacía ya mucho tiempo que todo estaba oscuro, en silencio; lo único que oía era su corazón latiendo. Estaba muy desorientada; el dolor le había hecho perder la consciencia en varias ocasiones, o quizá el cansancio la había rendido y se había dormido; o los recuerdos la habían trasladado otra vez a aquellos años de sufrimiento e intenso miedo. O tal vez fuera la suma de todas esas cosas, unidas al arrepentimiento por no haber hecho caso a sus hijas, dejar aquella casa, un quinto sin ascensor, que la ataba a los recuerdos del marido ausente, pasar los pocos, o muchos, años que le quedasen en compañía. Sentirse querida, cuidada, mimada…

Parecía que había algo más de luz, puede que comenzase a amanecer. Había sido una noche larga y dura, pero ahora todo mejoraría. Una fractura de cadera era una buena excusa para un cambio.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

ESA ES LUISA



    Esa es Luisa. Lleva aquí doce años, es agradable, amable, pero siempre está sola; nunca habla con nadie, contesta, sonríe, pero no conversa. Tampoco recibe visitas; nadie en la casa recuerda que haya venido nunca nadie a verla, ni que haya recibido correspondencia; nada, ninguna relación con el mundo. Como si no hubiera tenido jamás una vida anterior a ésto.
Era mi primer día en la Residencia. Había conseguido el trabajo después de una dura pugna con otros candidatos en el proceso de selección. Por fin había conseguido mi primer trabajo remunerado como psicólogo, siete años después de haber acabado la carrera, una fiesta. El jefe de personal me acompañaba presentándome al resto de técnicos, enseñándome las instalaciones, comentándome algunos chismes sobre los residentes con los que nos cruzábamos.
Al día siguiente, primero efectivo de trabajo, busqué y me hice el encontradizo con Luisa. Ni que decir tiene que me habían intrigado los comentarios del jefe de personal, por lo que me había pasado la noche desempolvando los apuntes de la carrera sobre gerontopsicología, buscando posibles terapias para el tratamiento de la depresión en ancianos; el diagnóstico prematuro es un mal común a todos los novatos.
La encontré en el jardín, sentada en un banco a la sombra de un árbol, bucólico y acogedor, no lo hubiera escogido mejor. Esperaba un rechazo frontal a la conversación, sin embargo me acogió con una agradable sonrisa y una aguda mirada, taladrante. Comencé la conversación con evasivas típicas, que buen tiempo hace, que agradable lugar, como tan sola por aquí,…Pero Luisa fue directamente al grano.
    Mire joven, se perfectamente quién es usted y la labor que va a desempeñar; y me puedo imaginar, sin temor a equivocarme, que tipo de comentarios le habrán hecho sobre mí, por lo que le ruego que no se ande con rodeos.
Se sonrió con una mirada mucho más acogedora ante la cara de sorpresa que se me puso y el calor que inundaba mis mejillas.
    No, por favor, no crea que… - balbuceé – yo tan solo quería…, en fin, simplemente se trata…
    Vamos, vamos, no se justifique. Está haciendo su trabajo y seguro que sabe hacerlo bien. ¿Qué le preocupa?, ¿qué le han contado?
De buenas a primeras me había percatado que Luisa no era el prototipo de anciano inactivo y aislado que se vuelve menos capaz socialmente, presentando un mayor riesgo psicopatológico de problemas interpersonales y emocionales, activadores del deterioro cognitivo y especialmente de la depresión, no. Me había desarmado de un plumazo todas las alternativas que había estado manejando.
    Pues bien, Luisa. Me han dicho que habitualmente le gusta aislarse, que no suele relacionarse con otros residentes, que no recibe visitas, ni correspondencia – le dije utilizando un tono de voz bajo, claro, cariñoso, mirándole fijamente a los ojos, sonriendo.
    Vaya, vaya, ¿y eso le preocupa? – preguntó con una carcajada – Mire querido, efectivamente me gusta estar sola, que no es lo mismo que aislarme, no se confunda; no me aíslo, todo lo contrario, estoy muy centrada, concentrada más bien, en todo lo que me rodea, y me afecta, y pienso en ello. Por otra parte, sí, no suelo relacionarme con otros residentes, pero no les rehúyo; y no, no recibo visitas ni correspondencia porque, desgraciadamente ya no queda nadie que pueda venir a visitarme, o escribirme. Pero no, no saque conclusiones anticipadas; esta falta de lazos familiares no me genera una especial fuente de tristeza, ni una pérdida de interés en la vida, ni tan siquiera una incapacidad para disfrutar con las cosas que generalmente dan satisfacción. Tampoco, a pesar de mis más de noventa años y varios achaques, tengo una sensación de fatiga o cansancio más allá de lo que pudiera ser normal. Ni por asomo me falta el apetito; duermo de maravilla, toda la noche de un tirón, que hace que por las mañanas me levante descansada y relajada; es difícil verme irritable o de mal humor. Me considero una persona muy capaz, a pesar de mis limitaciones, y tengo una gran confianza en mí misma y en mis habilidades. Por último puedo asegurarle que no tengo ningún sentimiento de culpabilidad por nada de lo que haya podido hacer, o dejado de hacer en mi vida; claro que me arrepiento de muchas cosas, pero todo lo que hice, en cada momento, fue fruto de la reflexión; si me arrepiento es únicamente porque los resultados, en ocasiones, no siempre fueron los deseados. Todo lo cual no me produce ningún pensamiento suicida. Estoy contenta de estar viva y espero estarlo aún durante muchos años. Quiero creer que esta perorata haya contestado todas las preguntas que tenía pensadas y, sí, efectivamente, he leído mucho en mi vida, algún manual de psicología incluido.
No es que me dejase sin palabras, se supone que debo de tener las tablas y el conocimiento suficientes como para afrontar este tipo de situaciones pero, desde luego, me dejó sin argumentos. Estaba orgulloso de la táctica que había diseñado para el acercamiento a esta mujer, una estrategia basada en una mezcla de las teorías sistémica y constructivista, que me había parecido un verdadero ingenio de psicodiseño y que ya estaba destinando a mi papelera de reciclaje interna.
    Ya, Luisa, todo eso está muy bien, se sabe usted la teoría, pero no parece que domine la práctica cuando voluntariamente se aparta del resto. Veo que mantiene una agudeza y una rapidez mental envidiables, sin embargo me pregunto si sería capaz de aplicarlas a la realidad del mundo actual; en el hipotético caso, claro, que su aislamiento, perdón, soledad, no le impida estar al corriente -  traté de estimular, de pinchar un poco más hondo. Estaba, inesperadamente, ante una interlocutora muy difícil de encasillar o que, posiblemente no precisara encasillamiento alguno; también se me iba al traste una posible terapia de validación.
    Vamos a ver, joven, ¿Cómo se llama? Ah, Manuel – leyó en la placa de mi bata – mire Manuel, desde siempre he sido una persona activa, intelectualmente hablando, ávida por saber lo que pasa a mi alrededor y, por supuesto influenciable. Con los años he ido aprendiendo a pensar, a reflexionar, a interiorizar todos los estímulos, noticias, avatares que recibo. A darles vueltas y, por supuesto a sacar mis propias conclusiones que, equivocadas o no, son las mías, las que me valen, las que asumo y me refuerzan. Estoy al tanto de la realidad, por supuesto, pero no indago excesivamente sobre ellas o, al menos, no en el sentido de dejarme bombardear por diferentes medios de distintas tendencias. Ya soy muy mayor y, por eso, puedo asegurarle que estamos en una época increíble, la era de la información, la llaman. Nunca ha habido tanta información como ahora, cierto, pero también le digo que nunca ha habido menos reflexión que ahora. En la actualidad nos venden la información, pero en realidad lo que nos tratan de vender son las ideas, las tendencias; es notorio las diferencias existentes en una misma noticia ofrecida por periódicos de distinta índole. No quieren que la gente esté informada, les trae al pairo, lo que quieren es vender una idea, quieren ser los gurús del sistema, quieren seguidores, fanáticos (aunque lo llamen fans), quieren poder, quieren éxito ¿a cambio de qué? ¿de qué la gente esté más informada?, no, de que la gente sepa lo que ellos quieren que sepan. Por eso me paso tanto tiempo sola, porque estoy pensando, analizando cada noticia que recibo, cada estímulo. Estoy llegando a mis propias conclusiones, procurando ser objetiva, sin injerencias, influencias, intoxicaciones mentales; como soy mayor, esto me lleva mucho tiempo.
    Pero los intercambios de opinión, los debates, las conversaciones suelen ser enriquecedoras; nos hacen ver las cosas de otra forma, desde otro prisma. Podríamos generar sesiones de este tipo entre los abuelos, perdón, - rectifiqué -  los residentes.
    Seamos realistas, Manuel. Asumamos nuestra realidad, nuestro entorno. Resulta bastante difícil hablar aquí sobre ciertos temas. Y cuando digo aquí, no me estoy refiriendo a la residencia, o no tan solo a la residencia, sino a la sociedad en general. No somos precisamente un pueblo de conversación, sino de confrontación; al igual que no somos un pueblo de adversarios, sino de enemigos; conmigo o contra mí; admitámoslo, es nuestra idiosincrasia. Cuando se genera un debate, por muy civilizados que aparentemos ser, siempre tratamos de vencer, no de convencer. Insisto, yo ya estoy muy mayor para ciertas cosas, no me interesa. Ahora bien, por lo que a la residencia se refiere, a las residencias en general, por mal que nos parezca, o que quede mal en decirlo, o no sea políticamente correcto, como se dice ahora, estamos hablando de aparcamientos de inservibles, de gente que ya no puede aportar más que molestias; si, de acuerdo, estoy generalizando y eso no siempre es bueno, o no es correcto, pero estará usted de acuerdo conmigo en que ese sentir es mayoritario; con todo y con eso, lo peor del caso es que los propios residentes llegan a creérselo; de eso a vivir tan solo de recuerdos, hablar únicamente de la familia y perder la mirada en ensoñaciones de lo que fue y no es, o de lo que pudo haber sido y no será, solo hay un pequeño paso. Por cierto, hágame un favor, cuando hable de nosotros, de la gente mayor, de los ancianos, no nos llame abuelos; sí, ya sé que pretende ser un término cariñoso y que está muy extendido, desgraciadamente pero, que quiere que le diga, no nos hace ni puñetera gracia; la relación abuelo -nieto es algo muy personal, muy íntimo, muy entrañable; eres abuelo de tus nietos, no eres abuelo del mundo por el hecho de que te hayas hecho mayor, solo tus nietos tienen derecho a llamarte abuelo, cualquier otra utilización del término es una adulteración y una falta de respeto; y eso suponiendo  que realmente seas abuelo; imagínese en el caso de los que no lo somos. Créame, no nos gusta que nos llamen abuelos.
Durante el resto del día tuve una sensación extraña en la boca del estómago, una especie de vértigo que no acertaba a definir; por momentos me parecía que estaba próximo a padecer una crisis de pánico, si el primer día había sido así…; en otros momentos me parecía todo lo contrario, un apretón ilusionante de mis entrañas ante todo lo que se avecinaba. Al llegar la noche me costó conciliar el sueño, se me repetía una y otra vez la conversación ¿monólogo?, con Luisa.
Desde entonces, y ya ha pasado algún tiempo, he tenido días mejores y peores, me he encontrado con casos más o menos fáciles, más o menos tristes, situaciones emocionales complicadas. En esos momentos más duros, que los hay, busco descaradamente, sin hacerme el encontradizo, a Luisa. Mi terapia personal.