Seguía atrapado allí
dentro, a ratos angustiado y a ratos cabreado. Llevaba ya varias horas y las
perspectivas no pintaban nada bien. Más bien estaba empezando a resignarse, a
perder la esperanza, a abandonarse. Le preocupaba bastante esas luces que
empezaba a ver, cada vez con más frecuencia, una especie de caleidoscopio
polimorfo, un estallido cromático que le transportaba a no sabía dónde, pero
agradable, dulce, sin dolor. Era una sensación pasajera, iba y venía; la
primera vez se asustó, “¿me estaré
volviendo loco?”; las siguientes, como el cerdo chino, agridulce. Ahora ya
no deseaba volver. Y no volvió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario