(Relato presentado al IV concurso de Relatos Breves 8 de Marzo por la Igualdad, convocado por el Ayuntamiento de Elche)
A
pesar de que han pasado ya varios años del episodio que voy a relatar, aún se
me eriza la piel cuando lo recuerdo, y soy incapaz de dar, de darme, una
explicación razonable o, al menos, coherente. Juzguen ustedes.
La
cuestión es que me encontraba enfrascado en la lectura de un manual de Gil
Pecharromán sobre la segunda república cuando, sin razón aparente, se me nubló
la visión y caí en un estado de semiinconsciencia. Fueron tan solo unos breves
instantes pero, cuando me recuperé me encontraba, sorprendentemente, en la
esquina de un local, de un café, con grandes ventanales vestidos con largos
visillos de encaje. Dos hileras de mesas de madera, con cristal de fondo verde
aguamarina, acogían varias tertulias; la luz era difusa pero pude observar que
la gente vestía raro, antiguo. Al fondo de la sala la pared estaba forrada por
grandes espejos; bajo ellos se encontraba la que me pareció la tertulia más
animada del local. Una docena de personas, hombres, rodeaban, jaleaban,
increpaban a una mujer de mediana edad que, claramente llevaba la voz cantante
de la reunión.
Me
dejé llevar por la curiosidad, me acerqué, arrastré una silla vacía de una mesa
cercana y me senté al lado de un sudoroso y bigotudo sesentón que olía a
fritanga y se tocaba con un extraño bombín.
- ¡No
se empecine usted, señora! – oí que decía en ese momento un anciano que
sostenía un bastón con empuñadura de plata, un poco a mi derecha – esa igualdad
de sexos que propugna no se verá jamás.
- Está
claro que no lo entienden, o no lo quieren entender. – respondió ágilmente su
interlocutora – No hablo de igualdad de sexos. Eso es una auténtica necedad. Si
existen dos sexos es porque, obviamente son diferentes. Si fuesen iguales tan
solo existiría uno. – Murmullos de aprobación – De lo que estoy hablando desde
el principio, lo que propugno desde hace años, es la igualdad de derechos y
deberes de ambos sexos. Claro que somos diferentes hombres y mujeres;
físicamente las diferencias son notoriamente visuales, como también lo son las
existentes entre una persona alta y una baja, o entre una gruesa y una delgada.
Pero en todos los casos, cada uno con sus características, altos, delgados,
gruesos, mujeres, bajitos, hombres, en todos los casos, insisto, estamos
hablando de personas, de seres humanos y, como tal, con los mismos derechos. En
España esos derechos se traducen, se deben traducir, en el derecho a
desarrollar de igual forma las capacidades intelectuales de cada individuo, en
el derecho a decidir qué vida quiere llevar cada persona, tanto individual como
colectivamente, dando sentido con su decisión, con la suma de decisiones de
cada persona, hombre o mujer, a la decisión colectiva del camino a tomar; y
eso, en una democracia, se llama ¡votar!
Las
respuestas, airadas, de la mayoría de los contertulios no se hicieron esperar:
- ¿Pero
qué dice esta loca?
- ¡Mujeres
votando! ¡El acabose!
- ¡Hasta
ahí podríamos llegar! ¡No faltaría más!
El
bigotudo del bombín que estaba a mi lado se frotaba el mentón mientras fruncía
el ceño. Con voz grave, pausada, empezó a hablar acallando el guirigay que se
había formado:
- Bien,
bien, señora. Admitamos por un momento, en un extraordinario ejercicio de
imaginación, que se concede el voto a la mujer. No creo que se consiguiera
añadir nada nuevo a los resultados de las votaciones, se votara lo que se
votara. – Caras interrogantes, ceños fruncidos, cabezas negando – Me explico;
la práctica totalidad de las mujeres dependen, como es lógico, de un varón,
bien sea su marido la mayor parte de los casos, bien su padre en el de las
solteras mayores de edad, o incluso su hijo en el de las viudas ancianas. Como
parece lógico y normal, en la casa se hace lo que el cabeza de familia, el
hombre, manda; y a la hora de votar, pues lo mismo. Por lo tanto no habría
ningún valor añadido a la sociedad con el voto femenino. – terminó el hombre
con gesto triunfante, torero, recogiendo la mirada de aprobación y aplauso del
corro.
- ¡Efectivamente,
ahí quería llegar! – recogió el guante la mujer, aguantando el chaparrón de
vítores. – Ese dominio del cabeza de familia que usted ha incorporado a la
diatriba, ese ¡aquí mando yo! Que se impone en la mayoría o en la totalidad de
los hogares, esa tiranía doméstica, ¡tiranía, si!, a las cosas hay que
llamarlas por su nombre; esa dictadura conseguida en no pocas ocasiones con la
violencia y la represión física; eso, justamente eso, es lo primero que tiene
que cambiar, que tiene que desaparecer. – gritos de ¡fuera, fuera! –
Desgraciadamente este cambio, aunque algún día pueda llegar a legislarse, no se
conseguirá hasta que no obtengamos el suficiente sentido común como para
aceptar que nadie, absolutamente nadie puede imponer su voluntad al resto de
las personas mediante la fuerza, mediante la violencia; y esto hay que llevarlo
a las últimas consecuencias; no se trata ya de hablar de naciones, de guerras,
de política. Estamos hablando de personas, de familias. No es un mandato divino
el que unas personas decidan por otras; ese poder hay que consensuarlo, hay que
ganarlo, hay que trabajarlo, no hay que vencer, sino convencer. Y ese sentido
común que poco a poco tendremos que adquirir, lo necesitamos todos, tanto los
hombres para aprender a comprender, como las mujeres para aprender a exigir.
Llegado
a este punto, mi admiración y entusiasmo ante el ardor y la fuerza oratoria de
la mujer, que había ido en aumento, llegó al máximo y solté un ¡bravo! Que
atrajo las furibundas miradas amenazantes de la concurrencia. Me sentí bastante
empequeñecido, no sabía dónde meterme. Para rebajar un poco la tensión me
dirigí, en voz queda, al joven que ocupaba la silla de mi derecha - ¿Quién es
esta mujer? - ¡Cómo! – Respondió sorprendido - ¿Es que no conoce a Clara
Campoamor? ¿De dónde sale usted?
En
ese momento recobré la consciencia, bruscamente, sobresaltado.
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