Me
llamo Mbadi; procedo de una tribu en un
pequeño pueblo agrícola y ganadero del norte de Chad. Por circunstancias que
ahora no vienen al caso, siendo adolescente tuve la suerte de emigrar a Europa,
estudiar y conocer otras culturas. Descubrir el papel de la mujer en la
sociedad occidental me supuso un fuerte choque emocional. Me sentía, de alguna
forma, culpable. Al cabo de unos años, al morir mi padre volví al poblado. Una
vez en casa, revisando sus cosas, descubrí un pequeño cuaderno con notas que se
supone había ido escribiendo a lo largo de su vida, una especie de diario, de
reflexiones. Hubo una en la que hablaba de mi madre que me hizo replantearme
muchas cosas. Decía así:
Por lo que respecta a Bintou, mi esposa y
madre de Mbadi, me van a permitir que también sea yo quien les cuente algunas
cosas de su vida puesto que ella, como ocurre desgraciadamente con la inmensa
mayoría de las mujeres de África, no sabe leer ni escribir.
Tradicionalmente en la práctica
totalidad de los pueblos rurales de los países africanos, la mujer es la
encargada de la mayor parte de los trabajos domésticos, entendiéndose como
tales el cuidado de la casa y de los hijos, la recogida de agua, leña,
preparación de los alimentos, trabajos agrícolas, atención del ganado doméstico
que no haya que apacentar, etc. Este reparto de roles hace que, desde bien
pequeñas a las niñas se las instruye primero para ayudar a sus madres y, por
ende, a que sean consideradas como potenciales buenas esposas y se fijen en
ellas para que las elija un buen muchacho y formen su propia familia.
Desde ese punto de vista, la vida
de Bintou no se sale del guion lo más mínimo. Pero Bintou es más, mucho más que
todo eso.
Nuestro matrimonio fue pactado por
nuestras familias sin que nosotros formásemos parte de esa decisión. No, no lo
consideren negativamente; sé que en la sociedad actual, en el mundo occidental
eso se considera totalmente arcaico y son los jóvenes quienes toman sus propias
decisiones basadas en el amor, en la atracción, etc. Pero en nuestro mundo, en
nuestra sociedad, en nuestro pueblo las cosas se han hecho así “siempre” y ha
funcionado (con sus excepciones) razonablemente bien. El éxito se basa en que
la gente es noble, tiene buen corazón y el amor nace después y se hace fuerte
con la convivencia, los años, los hijos…. Puedo decir, con la cabeza alta y el
corazón en la mano, que el amor que Bintou y yo hemos aprendido en nuestro
matrimonio, es el Amor, con mayúscula.
Y ese amor ella ha sido capaz de
volcarlo en todos nuestros hijos; les ha enseñado con toda la paciencia del
mundo, ha sufrido con sus decepciones, ha sido dura e inflexible cuando notaba
alguna desviación, ha sido la mano que acaricia, la mirada que corrige, la
palabra que enternece, el silencio que dirige, la sonrisa que nos ensancha el
corazón.
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