El padre, solícito,
pretendía que su hijo, urbanita por los cuatro costados, se imbuyese del
espíritu de la naturaleza, aprendiese a amar el campo abierto, a respirar el
aire puro; escogió una soleada mañana de finales de marzo para ello, pero
notaba que algo le preocupaba a su hijo. ¡Mira cómo tengo la cara papá, parece
una paella! — tranquilo hijo, no pasa nada, es la Primavera.
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