Mbadi no había tenido una vida fácil. No es que la de
ahora fuera un dechado de excelencia, pero en comparación con los años
precedentes, estaba en el paraíso.
Cuando se relaja un poco, antes de acostarse, en esas
noches de luna inmensa africana, asomado a la ventana del cuartucho que ocupa
desde donde adivina la inmensidad plateada del desierto que rodea a Yamena,
echa la vista atrás y rememora las vicisitudes que le han llevado hasta ahí.
Parece como si la brisa nocturna le llevara otra vez el olor de la flor del
hibisco; recuerda cuando en su aldea, durante la recolección de la flor con la
que destilar el karkanji, todo parecía teñirse de sangre. Por pura asociación
de ideas, le sobreviene otro recuerdo, doloroso, realmente sangriento; aquel
día de verano cuando apacentaba su rebaño en la ribera del guelta de Archei, el
ataque de los cocodrilos, se toca las cicatrices que le cruzan toda la pierna
derecha, aún le duele cuando se anuncia tormenta; el rescate surrealista,
inesperado, de aquel desconocido que surgió de la nada, cuando ya lo daba todo
por perdido; el viaje a través del desierto, desangrándose a lomos del camello
del que tiraba ese hombre, su benefactor; su despertar de la muerte en el
hospital de Yamena.
Un sinfín de imágenes que se le cruzan, un caleidoscopio
de sensaciones que le martillean el cerebro; no deja de repetirse una y otra
vez aquella conversación que tuvo con su padre, Faid, cuando el visitó, una vez
ya recuperado, insistiendo en que debía volver, que le necesitaban, que le
querían, que…
Pero para entonces ya tenía muy claro cuál debía ser su
futuro. Las semanas que había pasado, recuperándose, junto con la persona que
le salvó la vida, le habían dado otra dimensión, creado unas expectativas que
hasta entonces ni siquiera se le habían imaginado. Esta persona, antiguo
maestro que recorría en solitario, anacoreta, lo más profundo del continente
africano, se había volcado en su educación, adivinando una voracidad insaciable
en su ansia de saber, de conocer; le había encendido la luz y esa corriente, un
pequeño rayo al principio, que poco a poco fue ensanchándose, llegó a hacerse
imparable, contumaz, autoconsumible; cuanto más lejos llegaba, más allá
buscaba.
Ambos, maestro y alumno, debieron buscarse trabajos, en
plural, por pura subsistencia. Ninguno de los dos sabía ningún oficio en
particular, pero ambos eran supervivientes natos; el uno, con un pasado
misterioso, oculto, escapando de sí mismo, ocultándose entre las sombras, solo
había dicho que era, había sido, maestro; pero llevaba errando más de dos años
por África, sobreviviendo, y eso curte, enseña, obliga. El otro no había
necesitado aprender a sobrevivir, había nacido así, de serie, agarrándose a la
vida desde el primer instante como si fuera el brocal de un pozo sin fondo. Por
eso, aunque no fuesen especialistas en nada, tenían la sabiduría del todo y no
les era difícil encontrar varios trabajos que simultanear ocupando todas las
horas del día.
Cuando llegaba la noche, cansados, derretidos, era cuando
sacaban los libros, era su momento, su iluminación; el maestro, vocación pura;
el alumno, vorágine en ebullición, pasaban las horas, de una materia a otra; al
comienzo los avances eran lentos; Mbadi apenas estaba alfabetizado, le costaba
grandes esfuerzos; poco a poco la maquinaria fue engrasándose, empezó a rodar
más vertiginosamente. Alguna vez enlazaron con la madrugada, tuvieron que
obligarse a poner un límite horario, también tenían que descansar.
De esta forma, en tiempo record, Mbadi fue obteniendo
todos los grados académicos necesarios en su país, El Chad, hasta llegar a la
orilla de la universidad. Llegado a este punto su mentor le puso las cosas
claras; Mbadi se había hecho la ilusión de estudiar medicina y El Chad no es
precisamente la mejor opción, por lo que tendría que desplazarse a Europa, y
esto era de todo punto inviable por obvios motivos económicos. La mejor
solución factible pasaba por la universidad a distancia; pero medicina no es
una carrera que pueda estudiarse a distancia por lo que tendría que plantearse
estudiar otra cosa, a la espera de que algo cambiase, de que la vida diese
alguna vuelta, bien a un lado o bien al otro y de que, por esas circunstancias
extrañas que a veces suceden, sus sueños pudiesen llegar a hacerse realidad.
De todas formas, para poder matricularse en una
universidad a distancia, fuese en la carrera que fuese, necesitaba un ordenador
y una conexión a internet, cosas ambas de las que carecía y que, en Yamena, no
era precisamente fácil ni barato de obtener. Durante meses redoblaron sus
esfuerzos laborales, sacaron horas y trabajos de donde no había, hasta que por
fin consiguieron hacerse con un viejo ordenador de segunda mano y una línea de
datos que funcionaba tan solo una hora al día; a pesar de todo, un auténtico
lujo en un país como El Chad.
Mbadi se matriculó en psicología, al menos era algo
relacionado con la salud. Estaba acostumbrado a que las cosas no fueran fáciles
de conseguir, por lo que las condiciones en que tuvo que estudiar la carrera le
parecieron una auténtica bicoca; jamás hubiera imaginado en su vida que iba a
poder gozar de la oportunidad de estudiar una carrera universitaria en una
universidad europea, aunque fuera a distancia, y ahora se veía a si mismo con
un título conseguido, contemplando la noche plateada del desierto de Yamena y
la posibilidad, gracias a la beca conseguida por su extraordinario expediente,
de iniciar la carrera de medicina que tanto ansiaba.
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