jueves, 16 de abril de 2015

EL CHADIANO

(Relato presentado al Premio de fotografía y ensayo UNED de Pamplona)



Mbadi no había tenido una vida fácil. No es que la de ahora fuera un dechado de excelencia, pero en comparación con los años precedentes, estaba en el paraíso.

Cuando se relaja un poco, antes de acostarse, en esas noches de luna inmensa africana, asomado a la ventana del cuartucho que ocupa desde donde adivina la inmensidad plateada del desierto que rodea a Yamena, echa la vista atrás y rememora las vicisitudes que le han llevado hasta ahí. Parece como si la brisa nocturna le llevara otra vez el olor de la flor del hibisco; recuerda cuando en su aldea, durante la recolección de la flor con la que destilar el karkanji, todo parecía teñirse de sangre. Por pura asociación de ideas, le sobreviene otro recuerdo, doloroso, realmente sangriento; aquel día de verano cuando apacentaba su rebaño en la ribera del guelta de Archei, el ataque de los cocodrilos, se toca las cicatrices que le cruzan toda la pierna derecha, aún le duele cuando se anuncia tormenta; el rescate surrealista, inesperado, de aquel desconocido que surgió de la nada, cuando ya lo daba todo por perdido; el viaje a través del desierto, desangrándose a lomos del camello del que tiraba ese hombre, su benefactor; su despertar de la muerte en el hospital de Yamena.

Un sinfín de imágenes que se le cruzan, un caleidoscopio de sensaciones que le martillean el cerebro; no deja de repetirse una y otra vez aquella conversación que tuvo con su padre, Faid, cuando el visitó, una vez ya recuperado, insistiendo en que debía volver, que le necesitaban, que le querían, que…

Pero para entonces ya tenía muy claro cuál debía ser su futuro. Las semanas que había pasado, recuperándose, junto con la persona que le salvó la vida, le habían dado otra dimensión, creado unas expectativas que hasta entonces ni siquiera se le habían imaginado. Esta persona, antiguo maestro que recorría en solitario, anacoreta, lo más profundo del continente africano, se había volcado en su educación, adivinando una voracidad insaciable en su ansia de saber, de conocer; le había encendido la luz y esa corriente, un pequeño rayo al principio, que poco a poco fue ensanchándose, llegó a hacerse imparable, contumaz, autoconsumible; cuanto más lejos llegaba, más allá buscaba.

Ambos, maestro y alumno, debieron buscarse trabajos, en plural, por pura subsistencia. Ninguno de los dos sabía ningún oficio en particular, pero ambos eran supervivientes natos; el uno, con un pasado misterioso, oculto, escapando de sí mismo, ocultándose entre las sombras, solo había dicho que era, había sido, maestro; pero llevaba errando más de dos años por África, sobreviviendo, y eso curte, enseña, obliga. El otro no había necesitado aprender a sobrevivir, había nacido así, de serie, agarrándose a la vida desde el primer instante como si fuera el brocal de un pozo sin fondo. Por eso, aunque no fuesen especialistas en nada, tenían la sabiduría del todo y no les era difícil encontrar varios trabajos que simultanear ocupando todas las horas del día.

Cuando llegaba la noche, cansados, derretidos, era cuando sacaban los libros, era su momento, su iluminación; el maestro, vocación pura; el alumno, vorágine en ebullición, pasaban las horas, de una materia a otra; al comienzo los avances eran lentos; Mbadi apenas estaba alfabetizado, le costaba grandes esfuerzos; poco a poco la maquinaria fue engrasándose, empezó a rodar más vertiginosamente. Alguna vez enlazaron con la madrugada, tuvieron que obligarse a poner un límite horario, también tenían que descansar.

De esta forma, en tiempo record, Mbadi fue obteniendo todos los grados académicos necesarios en su país, El Chad, hasta llegar a la orilla de la universidad. Llegado a este punto su mentor le puso las cosas claras; Mbadi se había hecho la ilusión de estudiar medicina y El Chad no es precisamente la mejor opción, por lo que tendría que desplazarse a Europa, y esto era de todo punto inviable por obvios motivos económicos. La mejor solución factible pasaba por la universidad a distancia; pero medicina no es una carrera que pueda estudiarse a distancia por lo que tendría que plantearse estudiar otra cosa, a la espera de que algo cambiase, de que la vida diese alguna vuelta, bien a un lado o bien al otro y de que, por esas circunstancias extrañas que a veces suceden, sus sueños pudiesen llegar a hacerse realidad.

De todas formas, para poder matricularse en una universidad a distancia, fuese en la carrera que fuese, necesitaba un ordenador y una conexión a internet, cosas ambas de las que carecía y que, en Yamena, no era precisamente fácil ni barato de obtener. Durante meses redoblaron sus esfuerzos laborales, sacaron horas y trabajos de donde no había, hasta que por fin consiguieron hacerse con un viejo ordenador de segunda mano y una línea de datos que funcionaba tan solo una hora al día; a pesar de todo, un auténtico lujo en un país como El Chad.

Mbadi se matriculó en psicología, al menos era algo relacionado con la salud. Estaba acostumbrado a que las cosas no fueran fáciles de conseguir, por lo que las condiciones en que tuvo que estudiar la carrera le parecieron una auténtica bicoca; jamás hubiera imaginado en su vida que iba a poder gozar de la oportunidad de estudiar una carrera universitaria en una universidad europea, aunque fuera a distancia, y ahora se veía a si mismo con un título conseguido, contemplando la noche plateada del desierto de Yamena y la posibilidad, gracias a la beca conseguida por su extraordinario expediente, de iniciar la carrera de medicina que tanto ansiaba.

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