Ya
no podíamos contar con él, ya ves, durante tantos años siendo nuestro guía,
nuestro refugio, y en un momento se acabó todo. Se lo había regalado mi hermano
mayor a mamá, cuando se licenció de la mili, en Zaragoza. Era un rosario con
las cuentas de pétalos de rosa que te impregnaba los dedos de primavera a
medida que ibas desgranando avemarías; todas las tardes, al anochecer, la
familia se reunía en torno a la mesa camilla, turnándonos en la dirección del
rezo. Hoy se rompió, vi como las avemarías rodaban despavoridas hacia cualquier
rincón y el tercer misterio se escondía temeroso debajo del sofá.
martes, 4 de agosto de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
EL BISABUELO EMILIANO
Recientemente
tuvo lugar el fallecimiento de la abuela de mi esposa; la última representante
de su generación en la familia. Una venerable anciana que superaba el siglo de
existencia y que pasó sus últimos años, en contra de su voluntad, en una
apacible residencia de la tercera edad en la no menos apacible villa alicantina
de Santa Pola; recluida, como a ella le gustaba proclamar para escarnio de
hijos y nietos cuando la visitaban.
La
buena señora, Eufemia Oarrichena se llamaba, vaya nombre, procedía de una
familia que había sido considerada durante siglos de las grandes en la
provincia de Alicante, pero con el paso de los tiempos, de las tendencias y los
avatares de la segunda mitad del siglo pasado, fue claramente venida a menos.
No obstante, consiguió, contra viento y marea, conservar en el patrimonio
familiar la gran casona, la mansión, como le gustaba decir, que siempre había
tenido en Elche.
Una
vez realizadas las exequias, la familia decidió sin discrepancias, nos llevamos
bastante bien, que debería procederse a la venta de “la mansión” pero que todos
nos pasaríamos a revisar por si alguna de las reliquias que en ella se
atesoraban fuera de nuestro interés.
Para
mi esposa la visita constituyó una inesperada vuelta a su niñez; no en vano allí
había pasado los veraneos de no se cuentos años, hasta que llegó a la
conclusión de que el camping con la pandilla de amigos era mucho más atractivo
que el caserón de la abuela con sus rígidos horarios. Para mí, libre de esas
evocaciones infantiles, fue un paréntesis en las obligaciones diarias que
aproveché para sumergirme en la vetusta biblioteca de la casa. Revisando viejos
manuales de astronomía de papel grueso, acartonado, amarillento, crujiente, se
cayeron unas hojas manuscritas con una letra clara, muy inclinada, varonil, que
se veían gastadas, ajadas por el paso de los años y de las muchas veces que,
seguro, habían sido releídas.
La
carta, pues de una carta se trataba, estaba fechada en Cavite (Filipinas) el
día de Reyes de 1886 y por lo que pude comprobar estaba dirigida a la madre de la
abuela Eufemia, Rosaura. Decía así:
Amadísima Rosaura, espero y deseo que al
recibo de la presente te encuentres bien de salud y de ánimos; con lo mucho que
te quiero me sentiría muy desgraciado si no fuera así.
Desgraciadamente yo no puedo decir lo
mismo en cuanto a la salud. No, no te alarmes, ya me voy reponiendo y se puede
decir que lo peor ya ha pasado; pero he pasado varias semanas aquejado de unas
extrañas fiebres tifoideas que me han sobrevenido durante la travesía y que me
han tenido postrado en cama con unos tremendos espasmos y calenturas durante la
última parte de la singladura. Tanto es así que tuve que ceder el mando de la
compañía a mi segundo, el teniente Bertomeu, a causa de los delirios que padecía.
De hecho, te estoy escribiendo hoy día
seis de enero a pesar de que ya hemos llegado hace tres días y, a pesar de que
te había prometido darte razón en el mismo momento de nuestra llegada a puerto,
hasta hoy no me he encontrado con fuerzas suficientes para sostener la pluma.
Como verás, la travesía se ha dilatado una eternidad; esto fue a causa del mal
estado de las calderas de la corbeta, la vieja María de Molina, por lo que tan
solo se pudo alcanzar una velocidad de menos de cinco nudos.
Queridísima Rosaura, quisiera recordarte
la última conversación que tuvimos antes de mi partida. Sabes que te amo con
locura y que mi deseo, y sé que también el tuyo, es que fundemos una familia lo
antes posible. Pero esta expedición es una auténtica locura, un paso hacia un
abismo impredecible que, si hay suerte, retrasará nuestros planes durante años;
pero si las cosas se tuercen quizás no volvamos a vernos. Rosaura, amor mío, si
no lo has hecho ya, deberías de hablar con Don Eduardo, tu padre; él, como
Venerable de la Logia Constante Alona tiene un acceso relativamente fácil al
Presidente Sagasta que, aunque no es de dominio público, tu padre me ha
comentado que es el Gran Maestre del Gran Oriente de España. Debe hacerle ver
la sinrazón de esta expedición; si el Imperio alemán se empecina en ocupar las
Carolinas, ni nuestra vieja corbeta ni los dos barcos que zarparon de Manila en
agosto pasado al mando del capitán Guillermo España lo podremos impedir;
nuestro armamento y nuestros barcos están tan obsoletos en comparación con el
cañonero alemán Litis, que difícilmente podremos imponer la investidura del
Gobernador Capriles. Probablemente perezcamos en el intento. Sagasta debe ser
consciente y estoy seguro que si el Venerable Eduardo Oarrichena muestra
interés personal, quizás podremos estar juntos nuevamente en breve.
Se está haciendo muy tarde. Mañana
continúo escribiéndote.
Queridísima Rosaura, amor de mi vida. Me
muero. Hace diez días que empecé a escribirte esta carta; esa misma noche
volvió a subirme la fiebre y, por lo que me dicen los médicos, he estado en
estado comatoso desde entonces. Parece ser que la infección que sufro es
irreversible y no pueden hacer nada por salvar mi vida.
Luz de mi vida, parece que nuestras
vidas no van a poder cruzarse nunca más. Siento una gran pena y no, no creas
que se debe al hecho de afrontar mi próxima muerte; al fin y al cabo soy un
soldado y, como tal, la muerte siempre viaja en nuestra mochila, lo tenemos
asumido. Lo que me apena realmente es no poder llegar a ver realizados todos
los planes que habíamos fraguado juntos,
tantos deseos de felicidad mutua prometida, esa gran familia que pensábamos
fundar y, sobre todo, Rosaura, no volver a besar tus labios, ni moldear tu
cuerpo, ni ensortijar tus cabellos como aquella tarde de la primavera pasada,
¿sabes?, ese es el recuerdo que más me ha alentado en esta mi última aventura y
que, ten por seguro, será el que me lleve a la tumba.
Lo siento amor mío, no sabes cuánto lo
siento.
Quiero que seas feliz, que te rehagas,
que encuentres a alguien con quien compartir todos tus sueños, mis sueños,
nuestros sueños. Desde donde quiera que yo esté, velaré por ti.
Siempre tuyo.
Aunque
la firma resultaba un tanto ilegible, me pareció entrever en ella el nombre de
Emiliano. Compartí el hallazgo con mi mujer y con el resto de la familia y, por
lo que pude comprobar, por las caras de sorpresa que observé, nadie había
sabido nunca de la existencia de ese amor de juventud de la bisabuela Rosaura,
ni del pasado francmasón de la familia, posible causa, según apuntó mi cuñado,
del declive sufrido a partir de los años de la postguerra civil.
Desde
entonces consideramos al “bisabuelo” Emiliano como parte de la familia.
Creemos
que su amor lo merece.
CARTA DE ROSAURA
Alicante,
21 de Marzo de 1886
Mi
muy estimado y querido Emiliano; ¡amor de mi vida!. He recibido hoy tu carta
del pasado seis de Enero en la que me das cuenta de tu desesperado estado de
salud.
No
sabes cuánto siento tan malas nuevas, pero el hecho de no haber recibida
noticias más funestas desde entonces hace renacer en todo mi ser un rayo de
esperanza. Estoy completamente segura de que podrás sobreponerte al mal que te
aqueja y que pronto podrás viajar de vuelta a nuestra querida ciudad en la que
los benéficos aires mediterráneos obrarán en tu cuerpo y en tu espíritu como un
bálsamo. Todo ello, unido a los cuidados que estoy deseando prodigarte, harán
que termines de reponerte por completo para poder seguir con nuestros planes de
boda. ¡Lo conseguiremos amadísimo Emiliano, ya lo verás!
Por
otra parte, ya ves, no hay mal que por bien no venga; estoy confiada en que,
dado el precario estado en que te encuentras, te habrás quedado hospitalizado
en Cavite, o mejor aún hubiera sido que te trasladasen a Manila, que seguro no
está lejos y habrá mayores medios para luchar contra tu enfermedad; de esta
forma no habrás tenido que participar en la misión de las Islas Carolinas
contra la armada alemana, de tan siniestro presagio como me pronosticabas.
Supongo
que te habrás enterado ya. No sé si habrá sido gracias a la conversación – que
por cierto me propones en tu carta de forma admonitoria – que mi padre ha
tenido con el presidente Sagasta, pero la cuestión es que esta misma semana se
reúnen en Roma, con el mismísimo Papa, el ministro de la gobernación, Venancio
González y el canciller de Alemania, Otto Von Bismarck, para tratar de
encontrar una solución pacífica y negociada a la posesión de las dichosas Islas
Carolinas. Aquí todos confiamos en un acuerdo amistoso que evite cualquier tipo
de derramamiento de sangre que, como tu bien dices, amado mío, sería totalmente
nefasto para nuestras tropas.
Emiliano,
¡luz de mi vida!, no sé cuándo recibirás esta carta; ya ves que la tuya me
tardado en llegar más de dos meses. Desearía poder correr, nadar, volar a tu
lado y llevártela en mano; leértela en persona de viva voz mientras te lleno de
besos (dios mío, me estoy ruborizando); pero la mejor noticia sería que no la
recibieses porque ya estuvieras viajando de vuelta en estos momentos, viniendo
hacía mí, hacia nuestro futuro.
Ansío
y deseo ardientemente que llegue ese momento muy pronto.
Entre
tanto recibe un fuerte, muy fuerte, abrazo de tu amantísima
Rosaura.
CARIÑO
Cariño,
la verdad es que no sé por dónde empezar. Nunca se me dio bien hablar, ya lo
sabes. Recuerdo, ¿recuerdas? que cuándo estaba pensando declararme estuve cerca
de un mes ensayando delante del espejo, no sé cómo pude aguantar tanto tiempo
sin decirte nada cuando la verdad es que estaba totalmente enajenado por tus
ojos, tu sonrisa, tu brillo; aun así, cuando por fin pude reunir el valor
suficiente, tuviste que ser tu quien me arrancase las palabras como si fueras
un sacacorchos.
No,
ciertamente nunca pensé dedicarme a la oratoria. Quizás por eso, o por
comodidad, o por vagancia, o porque, al fin y al cabo era algo que se suponía,
que se daba por hecho, que no admitía ninguna duda, casi nunca te hablé de
amor, muy pocas veces te dije te quiero. No sé, la verdad es que solo de pensar
en hacerlo, me ruborizo; soy incapaz de pensar que podría hacerlo con la
suficiente fuerza, con la justa intensidad como para reflejar lo que siempre he
sentido; me lo digo a mí mismo y me suena hueco, vacío, falso.
Muchas
veces me lo has reprochado, ¿a quién no le gusta que le digan, que le recuerden
lo mucho que importas a quien quieres? Y ya ves, jamás fui capaz de saber
explicártelo, de poder decirte que no podía, que no sabía encontrar ni las
palabras, ni el tono, ni la expresión necesarios para reflejar lo que realmente
sentía, he sentido, sentiré por ti.
No,
definitivamente hablar, expresarme con claridad, diciendo lo que realmente
quiero decir, lo que siento, no es una de mis habilidades. Siempre lo he
sabido. Hasta el punto de que, ni siquiera ayer, cuando me miraste por última
vez, y ambos supimos que era la última vez, fui incapaz de decirte te quiero.
Por
eso no me queda más remedio que escribirte esta carta ahora, cuando ya tan solo
estás de cuerpo presente, cuando ya no tengo esperanza de que puedas leerla.
Siempre,
te quiero.
ADOLESCENCIA
No
era la primera vez que Ismael pasaba por una situación similar. Desde muy
pequeño se había familiarizado con ello pero, así todo, a pesar de la
cotidianidad o, quizás precisamente por esa cotidianidad, no solo no lo tenía
superado, sino que cada vez lo pasaba peor. Las náuseas cada vez eran más
fuertes, la sensación de que le iba a estallar la cabeza no le abandonaba, el
miedo le atenazaba, le tenía paralizado viendo, horrorizado, como su padre golpeaba
una y otra vez a su madre, ¿por qué era esta vez? ¡y que importaba!, cualquier
disculpa valía, podría ser que la comida estuviese salada, o que la camisa no
hubiera estado planchada a tiempo, o que, simplemente estuviese justo en medio
por donde él quería pasar. Había visto ya tantas y tantas trifulcas similares,
tantos abusos, tantas palizas que le era imposible soportarlo por más tiempo;
necesitaba huir de allí, evadirse, desaparecer; pero permanecía allí, sin
moverse, en el rincón donde siempre se metía cuando su padre empezaba a
levantar la voz, o la mano, o ambas cosas a la vez, entre la nevera y la pared.
Cada vez le parecía que le hueco era más pequeño; la primera vez que se
escondió allí, apenas tendría más de dos años, había sitio suficiente para
sentarse, darse la vuelta, estaba holgado; poco a poco el sitio había ido
estrechándose, o él creciendo; ahora, con trece años, apenas podía respirar
allí metido, lo cual tampoco ayudaba a superar la crisis de ansiedad.
Escapó
de la única forma posible que encontró, hacia el recuerdo, al pasado, al mejor
pasado que recordaba, aquellos veranos que pasaba en casa de los abuelos, en el
pueblo, cuando su abuelo aún vivía y su abuela no tenía, o apenas se le notaba,
el maldito alzhéimer por el que la había internado en la residencia. No sabía
cuánto tiempo pasaba con ellos, dos meses, un mes, el tiempo se le hacía muy
corto cuando estaba en el paraíso, lejos de sus padres, de las broncas, las
peleas, los gritos, las palizas. Aquellos paseos con el abuelo y con los
perros; iban hasta el rio y allí pasaban la mañana, el abuelo sentado a la
sombra, siempre leyendo, ¿qué habrá sido de los libros del abuelo?, le gustaría
tenerlos para él, leerlos, descubrir los mundos en los que se sumergía su
abuelo y que le hacían tan feliz. Mientras tanto él correteaba con los perros,
intentaba cazar ranas, perseguía a las ardillas. Después, a mediodía, cuando
volvían cansados, sudorosos, su abuela siempre tenía preparada la comida en el
patio, a la sombra, escuchando a los pájaros, el zumbido de las abejas, el
rebuzno del burro de los vecinos, el silencio. Ese era el paraíso de Ismael;
allí se escapaba siempre que podía, siempre que lo necesitaba, siempre que
tenía miedo, siempre,…
Ya
estaba todo en silencio, parecía que su padre se había cansado de pegar a su
madre y se había ido; estará en el bar, bebiendo y riendo con los amigos,
viendo algún partido. Su madre está en el suelo, está llorando, maltrecha,
dolorida, más en el alma que en el cuerpo. A Ismael se le rompe todo por dentro,
termina por vomitar en el baño; vomita la pena, vomita el miedo y, si pudiera,
vomitaría la vida.
— Isma,
hijo, necesito vendas, mercromina y esparadrapo. Acércate a la farmacia, hazme
el favor.
— Si
mamá, ahora voy; dame dinero.
— No
lo tengo hijo. Tu padre se lo ha llevado todo. Pregunta por Luis, el chico
joven, el ayudante del farmacéutico; dile que eres mi hijo y que en cuanto
pueda se lo llevaré. Él nos conoce.
Ismael
sale de casa. Sin que su madre se diera cuenta cogió el cuchillo de la cocina,
el que corta bien, y se lo metió en la manga del jersey. Antes de ir a la
farmacia pasará por el bar, que está de camino. ¡Su padre se va a enterar de
una vez por todas!
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