Ya
no podíamos contar con él, ya ves, durante tantos años siendo nuestro guía,
nuestro refugio, y en un momento se acabó todo. Se lo había regalado mi hermano
mayor a mamá, cuando se licenció de la mili, en Zaragoza. Era un rosario con
las cuentas de pétalos de rosa que te impregnaba los dedos de primavera a
medida que ibas desgranando avemarías; todas las tardes, al anochecer, la
familia se reunía en torno a la mesa camilla, turnándonos en la dirección del
rezo. Hoy se rompió, vi como las avemarías rodaban despavoridas hacia cualquier
rincón y el tercer misterio se escondía temeroso debajo del sofá.
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