viernes, 28 de agosto de 2015

Y SE LIARON (Relato con banda sonora)



Sus amigos no dejaban de insistir para que no se dejase liar, “sólo es un rollo de fin de concierto” le decían. Pero él, ellos, siguieron adelante con el lio.
Hace al menos cuarenta años de eso. El tiempo y un glaucoma hereditario apagaron la luz de sus ojos de gata pero, de vez en cuando sacan el vinilo y vuelven a bailar muy pegados el uno al otro.
   ¿Te apetece que nos enrollemos? – le susurra provocador acercándose mucho a su oreja.
   ¿Crees que aún serías capaz? – responde ella con ese mohín en la sonrisa que le encloquece.
https://www.youtube.com/watch?v=rUYf7cGv-6g

miércoles, 12 de agosto de 2015

URGENCIA INOPORTUNA

Desde siempre mi natural, imaginativo y aventurero, así como la atávica cultura de costa cantábrica, de la que provengo, me habían llevado a fantasear historias de mar, de viajes, de peligros. El hecho de que autores como  Melville, Verne o Stevenson se contasen entre los que moldearon mi afición a la lectura, estoy seguro que también influyó lo suyo.
El caso es que, aunque ya adulto, este viaje estaba colmando todas mis ilusiones infantiles; llenando de realidad lo que hasta entonces tan sólo había sido imaginación. No lo dudé ni por un momento; cuando mis padres comentaron la posibilidad de hacer un viaje por Argentina para celebrar sus bodas de plata, mi respuesta fue inmediata: ¡Me apunto!
Y aquí estoy, por fin, embarcado en un pequeño pesquero de Puerto Madryn, reconvertido, el barco en reclamo turístico para el avistamiento de ballenas, y yo en improvisado Capitán Ahab oteando ansioso todos los confines del océano.
Aparece, por fin, cual leviatán, una enorme ballena con su cría, rondándole, arriba y abajo; mi particular Moby Dick, aunque no era blanca; es igual, me vale. Pasa por debajo del barco, emerge y desaparece después de dejarnos en la retina unos segundos impagables de su cola extendida contra el azul del mar y el dorado del sol…
De repente sucede, ¡no me lo puedo creer!, un traicionero, enorme e irrefrenable retorcijón de intestinos me hacen huir, pálido, doblado, presuroso, urgente, muy urgente, a la búsqueda de un cuarto de baño.

Cuando conseguí salir nuevamente al aire libre ya estábamos en el puerto, de vuelta.

DEBILIDAD

Tenía el pelo suelto, a lo largo de la espalda, como miel desparramada. Al combarse, al final de la espalda, la luz le jugaba una mala pasada a sus ojos; si los cerraba, los ojos, casi podía tocarla, sentir su tacto a lo largo de su cuerpo perfecto, con una suavidad que le erizaba. Si, definitivamente era su debilidad. Al viejo juguetero siempre le había gustado más la Barbie que la Nancy.

CALOR (Relato con banda sonora)




martes, 4 de agosto de 2015

EL MUNDO DE ALICIA



Hace unos días me pasó una cosa realmente curiosa. Mi hija me pidió que me encargase de  Alicia, mi nieta, ya que ella como digna representante de la generación actual de madres trabajadoras, responsables del hogar, los hijos, etc., tenía cosas que hacer y la guardería ese día estaba cerrada. Por supuesto, mi apretada agenda jubilar me permite este tipo de imprevistos que, por otra parte me entusiasman.
Así que, ni corto ni perezoso la vestí con un pantalón vaquero, el jersey fucsia que le encanta, la abrigué con el anorak, el gorro y los guantes y nos fuimos a pasear por el parque.
Alicia es una niña de poco más de dos años, lista, cariñosa, simpática, con un pelo ondulado de un color miel de alforfón, oscuro y sedoso y unos ojos entre azules y grises con una mirada limpia, cristalina; unos ojos que no dicen nada y lo sugieren todo. Por lo demás, Alicia parlotea sin cesar con esa media lengua de trapo que, salvo su madre, nadie entiende pero que todo el mundo celebra.
Después de un pequeño paseo le apeteció meterse en un arenero de esos en los que los niños se rebozan en condiciones y las madres sufren como las hemorroides, en silencio, pensando en que tendrán que sacudir muy bien toda la ropa antes de meterla en la lavadora. Y allí fue donde sucedió lo inaudito. Se juntó con otros dos niños de su edad aproximadamente y empezaron con su parloteo. Yo estaba sentado en un banco, justo al lado, ojeando el periódico cuando oigo que uno de los niños dice de forma clara e inteligible:
-          ¿Te has enterado Alicia? Ha habido otro intento masivo de saltar la valla en Melilla.
-          ¿Otra vez? – contestó Alicia – Esto es increíble. Me parece una estupidez que nadie ponga vallas en ningún sitio. Cada uno que vaya donde quiera.
Mi cara era de auténtico estupor. No daba crédito a mis oídos; sin embargo miré hacía un lado y hacía otro, y la gente que estaba cerca seguía a lo suyo, como si no estuviera pasando algo extraordinario.
-          Pues a mí – intervino el tercero – lo que me parece demencial es lo de las pateras.
-          Es que yo lo veo muy claro – volvió a terciar Alicia – Nadie querría irse de su casa si estuviera a gusto en ella. Si se quieren ir es que están muy mal y pasan hambre y tienen guerras y enfermedades. Bueno, pues habrá que ayudarles para que estén bien y puedan ser felices sin necesidad de que se tengan que ir otro sitio.
-          ¿Y por qué no les ayudan, Alicia? – Inquirió el primero.
-          Pues no lo sé Dani, pero a lo mejor es que no lo han pedido. Cuando se pide ayuda, siempre se da, ¿verdad que sí, Arturo?, ¿verdad que si yo te pido ayuda tú me la darías?
-          ¡Pues claro! – respondió el aludido – mi papá dice que hay que ayudar a todo el mundo que lo necesite.
-          ¡Ya lo tengo! – dijo Alicia levantando la voz, casi gritando – Vamos a decirle a nuestros papás que les digan a los señores que salen en los telediarios que tienen que ayudar a que la gente de esos países estén contentos, y así se darán cuenta.
-          ¡Si, si, eso! – jalearon al unísono Dani y Arturo.
Yo seguía sin salir de mi asombro; las gafas se me resbalaban por el puente de la nariz hasta quedar en un imposible equilibrio gepetiano, los ojos se me salían de las órbitas y en mi boca abierta podría haber anidado hasta una familia de golondrinas; pero ellos seguían a lo suyo.
-          Pero ahora que estoy pensando – oí decir a Alicia – no sé si eso resultará, porque a veces veo gente sentada en el suelo, o a la entrada del super que están pidiendo ayuda y no veo que nadie les ayude.
-          Mira, Alicia, - respondió Arturo – yo creo que lo mejor es que escribamos a los Reyes Magos. Al fin y al cabo son magos ¿no?, seguro que pueden hacer algo.
-          O si no a Pocoyó – terció Dani – él siempre lo arregla todo.
Alicia se quedó pensativa un rato, metiendo su manita en la arena, levantando un puñado y dejado que se escurriera entre los dedos; al cabo de unos instantes sentenció´:
-          Me temo que no. Pocoyó nunca está cuando se le necesita y además se pasa el día riendo, cantando y bailando. No nos vale. Y lo de los Reyes Magos tampoco me parece que pueda valer, porque mi papá dice que los Reyes son portadores de ilusiones, de magia, de fe en las cosas buenas de la gente; y a mí me parece, cuando les miro a los ojos, que lo que necesitan es algo más que ilusión o fe. Aunque a lo mejor un poco de magia les vendría bastante bien.
En estas estábamos cuando de repente noté que me zarandeaban por el hombro – Papá, papá, despierta que me tengo que ir y Alicia ya se ha levantado.
Cuando me recuperé del susto y me froté los ojos vi que Alicia me miraba, sentada en el suelo, haciendo una torre con piezas de plástico, sonriéndome, picarona, con esos ojos entre azules y grises de mirada limpia, cristalina; unos ojos que no dicen nada y lo sugieren todo…..

ROSARIO



Ya no podíamos contar con él, ya ves, durante tantos años siendo nuestro guía, nuestro refugio, y en un momento se acabó todo. Se lo había regalado mi hermano mayor a mamá, cuando se licenció de la mili, en Zaragoza. Era un rosario con las cuentas de pétalos de rosa que te impregnaba los dedos de primavera a medida que ibas desgranando avemarías; todas las tardes, al anochecer, la familia se reunía en torno a la mesa camilla, turnándonos en la dirección del rezo. Hoy se rompió, vi como las avemarías rodaban despavoridas hacia cualquier rincón y el tercer misterio se escondía temeroso debajo del sofá.

jueves, 2 de julio de 2015

EL BISABUELO EMILIANO



Recientemente tuvo lugar el fallecimiento de la abuela de mi esposa; la última representante de su generación en la familia. Una venerable anciana que superaba el siglo de existencia y que pasó sus últimos años, en contra de su voluntad, en una apacible residencia de la tercera edad en la no menos apacible villa alicantina de Santa Pola; recluida, como a ella le gustaba proclamar para escarnio de hijos y nietos cuando la visitaban.
La buena señora, Eufemia Oarrichena se llamaba, vaya nombre, procedía de una familia que había sido considerada durante siglos de las grandes en la provincia de Alicante, pero con el paso de los tiempos, de las tendencias y los avatares de la segunda mitad del siglo pasado, fue claramente venida a menos. No obstante, consiguió, contra viento y marea, conservar en el patrimonio familiar la gran casona, la mansión, como le gustaba decir, que siempre había tenido en Elche.
Una vez realizadas las exequias, la familia decidió sin discrepancias, nos llevamos bastante bien, que debería procederse a la venta de “la mansión” pero que todos nos pasaríamos a revisar por si alguna de las reliquias que en ella se atesoraban fuera de nuestro interés.
Para mi esposa la visita constituyó una inesperada vuelta a su niñez; no en vano allí había pasado los veraneos de no se cuentos años, hasta que llegó a la conclusión de que el camping con la pandilla de amigos era mucho más atractivo que el caserón de la abuela con sus rígidos horarios. Para mí, libre de esas evocaciones infantiles, fue un paréntesis en las obligaciones diarias que aproveché para sumergirme en la vetusta biblioteca de la casa. Revisando viejos manuales de astronomía de papel grueso, acartonado, amarillento, crujiente, se cayeron unas hojas manuscritas con una letra clara, muy inclinada, varonil, que se veían gastadas, ajadas por el paso de los años y de las muchas veces que, seguro, habían sido releídas.
La carta, pues de una carta se trataba, estaba fechada en Cavite (Filipinas) el día de Reyes de 1886 y por lo que pude comprobar estaba dirigida a la madre de la abuela Eufemia, Rosaura. Decía así:

Amadísima Rosaura, espero y deseo que al recibo de la presente te encuentres bien de salud y de ánimos; con lo mucho que te quiero me sentiría muy desgraciado si no fuera así.
Desgraciadamente yo no puedo decir lo mismo en cuanto a la salud. No, no te alarmes, ya me voy reponiendo y se puede decir que lo peor ya ha pasado; pero he pasado varias semanas aquejado de unas extrañas fiebres tifoideas que me han sobrevenido durante la travesía y que me han tenido postrado en cama con unos tremendos espasmos y calenturas durante la última parte de la singladura. Tanto es así que tuve que ceder el mando de la compañía a mi segundo, el teniente Bertomeu, a causa de los delirios que padecía.
De hecho, te estoy escribiendo hoy día seis de enero a pesar de que ya hemos llegado hace tres días y, a pesar de que te había prometido darte razón en el mismo momento de nuestra llegada a puerto, hasta hoy no me he encontrado con fuerzas suficientes para sostener la pluma. Como verás, la travesía se ha dilatado una eternidad; esto fue a causa del mal estado de las calderas de la corbeta, la vieja María de Molina, por lo que tan solo se pudo alcanzar una velocidad de menos de cinco nudos.
Queridísima Rosaura, quisiera recordarte la última conversación que tuvimos antes de mi partida. Sabes que te amo con locura y que mi deseo, y sé que también el tuyo, es que fundemos una familia lo antes posible. Pero esta expedición es una auténtica locura, un paso hacia un abismo impredecible que, si hay suerte, retrasará nuestros planes durante años; pero si las cosas se tuercen quizás no volvamos a vernos. Rosaura, amor mío, si no lo has hecho ya, deberías de hablar con Don Eduardo, tu padre; él, como Venerable de la Logia Constante Alona tiene un acceso relativamente fácil al Presidente Sagasta que, aunque no es de dominio público, tu padre me ha comentado que es el Gran Maestre del Gran Oriente de España. Debe hacerle ver la sinrazón de esta expedición; si el Imperio alemán se empecina en ocupar las Carolinas, ni nuestra vieja corbeta ni los dos barcos que zarparon de Manila en agosto pasado al mando del capitán Guillermo España lo podremos impedir; nuestro armamento y nuestros barcos están tan obsoletos en comparación con el cañonero alemán Litis, que difícilmente podremos imponer la investidura del Gobernador Capriles. Probablemente perezcamos en el intento. Sagasta debe ser consciente y estoy seguro que si el Venerable Eduardo Oarrichena muestra interés personal, quizás podremos estar juntos nuevamente en breve.
Se está haciendo muy tarde. Mañana continúo escribiéndote.
Queridísima Rosaura, amor de mi vida. Me muero. Hace diez días que empecé a escribirte esta carta; esa misma noche volvió a subirme la fiebre y, por lo que me dicen los médicos, he estado en estado comatoso desde entonces. Parece ser que la infección que sufro es irreversible y no pueden hacer nada por salvar mi vida.
Luz de mi vida, parece que nuestras vidas no van a poder cruzarse nunca más. Siento una gran pena y no, no creas que se debe al hecho de afrontar mi próxima muerte; al fin y al cabo soy un soldado y, como tal, la muerte siempre viaja en nuestra mochila, lo tenemos asumido. Lo que me apena realmente es no poder llegar a ver realizados todos los planes que  habíamos fraguado juntos, tantos deseos de felicidad mutua prometida, esa gran familia que pensábamos fundar y, sobre todo, Rosaura, no volver a besar tus labios, ni moldear tu cuerpo, ni ensortijar tus cabellos como aquella tarde de la primavera pasada, ¿sabes?, ese es el recuerdo que más me ha alentado en esta mi última aventura y que, ten por seguro, será el que me lleve a la tumba.
Lo siento amor mío, no sabes cuánto lo siento.
Quiero que seas feliz, que te rehagas, que encuentres a alguien con quien compartir todos tus sueños, mis sueños, nuestros sueños. Desde donde quiera que yo esté, velaré por ti.
Siempre tuyo.

Aunque la firma resultaba un tanto ilegible, me pareció entrever en ella el nombre de Emiliano. Compartí el hallazgo con mi mujer y con el resto de la familia y, por lo que pude comprobar, por las caras de sorpresa que observé, nadie había sabido nunca de la existencia de ese amor de juventud de la bisabuela Rosaura, ni del pasado francmasón de la familia, posible causa, según apuntó mi cuñado, del declive sufrido a partir de los años de la postguerra civil.
Desde entonces consideramos al “bisabuelo” Emiliano como parte de la familia.
Creemos que su amor lo merece.