—
Pon otra pinta, Ramón. Y
saca algo de picar, ¡coño! Que esti vinazo nun hay quien lu pase.
—
Déjalo estar Pepe Luis. Por
hoy ya bebiste bastante. Anda, mira a ver si vas recogiendo y vas subiendo pa
casa, que ties todavía cerca de media hora de camino y la calella está muy
oscura.
—
¡Cagun mi manto, Ramón!,
¿vas decime tu a mí lo que bebo o dejo de beber, oh? Tu yes el chigreru. Pon
vino y calla la boca.
—
Mira Pepe Luis, todes les
semanes me armes el mismu follón en cuanto tienes cuatro vinos encima. No te
voy a poner otra pinta, y ya estás saliendo del chigre pitando. No quiero tener
mañana por la mañana a la loba de la tu fia tocándome les narices por ponete de
beber más de la cuenta, como ya pasó alguna vez.
El
argumento de la hija fue más que suficiente; a Pepe Luis se le mudó la
expresión, frunció el ceño y se levantó, titubeante, apoyándose más de la
cuenta, pero se levantó, se puso la boina y mascullando un “buenas noches”
salió del bar perdiéndose en las sombras de la bombilla que pendía del poste,
al otro extremo de la plaza.
Colás,
Raimundo y Chus, testigos mudos, y únicos, de la situación que se había
generado en el bar, estaban en un rincón, tomándose unas cañas, casi sin
atreverse a levantar la vista de la mesa. No es que la situación se hubiese
puesto violenta, pero una cosa es que te lo cuenten, o verlo en una película, y
otra muy diferente ser espectador en vivo y en directo y en primera fila.
—
¿Te pasa esto muy a menudo, tío?
– Se atrevió a preguntar Chus, casi obligado a llevar la voz cantante en su
condición de familia del dueño.
—
No, no es frecuente –
contestó Ramón desde detrás de la barra – Los parroquianos habituales son buena
gente, pero ya sabéis, en estos pueblos de la Cuenca se bebe bastante, más de
la cuenta quizás, y, como decía mi padre, el alcohol y la mala baba son
incompatibles en la persona; si entra el alcohol, sale la mala leche, sale lo
peor de cada uno.
—
De todas formas – continuó
Ramón – Pepe Luis ye un pobre hombre, ye inofensivu completamente; tuvo muy
mala suerte en la vida. Pero tien una fia que ye un auténtico demonio y maldita
la gana que tengo de aguantala. ¡Menuda verdulera!
Los
tres amigos, viendo que Ramón tenía la lengua bastante suelta, se acodaron a la
espera de que continuase la historia, o la empezase. Al fin y al cabo no tenían
ninguna prisa; habían aprovechado el puente para coger la tienda de campaña y
dejar atrás por unos días el trajín de Gijón, de las clases, de los agobios;
los exámenes finales se adivinaban ya a la vuelta de la esquina y necesitaban
desconectar; ¡un poco de aire puro nos vendrá de maravilla!, así que dicho y
hecho; aprovechando el ofrecimiento de los tíos de Chus, “a ver cuándo vienes
algún día por el pueblo, que se te va a olvidar donde está”, cogieron la
tienda, el saco y la esterilla y se plantaron en Caleao, en pleno puerto de
Tarna. Ramón y Tina se alegraron un montón de verlos, pero no entendían que
pudieran preferir una tienda de campaña en el prao detrás de casa a una buena
cama, ”habiendo sitio de sobra como hay en casa”. Que no te preocupes tía, que
como si estuviéramos en casa. Bueno, termino cediendo la tía Tina, pero pa
comer y pa dir al baño entráis en casa ¿eh?
—
Pues si – se lanzó Ramón –
Pepe Luis tuvo muy mala suerte. Ahí donde lo veis, que parez que tien cerca de
noventa años, pasa muy poco de los setenta, setenta y dos como mucho. Fue el
mayor de siete hermanos, tres muyeres y cuatro hombres; muy seguidos todos, del
mayor, Pepe Luis, a la más pequeña, Hortensia, debía de haber doce años como
mucho. La madre, una santa, murió en el parto de la guaja. Ya sabeis, en
aquella época, eren los años de la fame, un pueblín perdido en la montaña, no
había coches, y aunque los hubiera, no había carreteres; los críos nacíen en
casa y si había algún problema… Hombre, lo normal es que muriese el crio, pero
a veces…
El
caso fue que, de repente, de la noche a la mañana, aquel paisano, Angelón lo
llamaben porque era como un casillo de grande y de ancho, dos armarios roperos
de seis puertes; debía pesar cerca de ciento veinte kilos y no tenía gota de
grasa; pues como os iba diciendo, Angelón se vio solo y con siete fios pequeños
que sacar alante. Dicen que se volvió loco de remate. Echose al monte y estuvo
cerca de quince días sin aparecer por casa, ni por la mina, trabayaba en el
Pozo Carrio, en Laviana, y estuvieron a punto de echalu de aquella. Si no lu
echaron fue porque los compañeros hablaron con el ingeniero y le hicieron ver la
difícil situación que estaba pasando, la muyer muerta, siete críos pequeños, y
bueno, tragaron.
Pepe
Luis tuvo que tirar del carro. Dejó la escuela y se erigió en la madre que
faltaba. El arreglaba a los hermanos, hacía la comida, arreglaba la casa, cosía
los pantalones, lavaba la ropa de la mina del padre, vamos, hacíalo todo. Hasta
aguantar al padre, que empezó a beber más de la cuenta y cuando llegaba a casa,
dando tumbos, arremetía contra todo y contra todos, con aquella humanidad tan
enorme, dando leches a diestro y a siniestro. A la segunda vez que pasó, Pepe
Luis aprendió la lección y aceleraba todos los días pa que los hermanos
estuvieran ya acostaos cuando llegase el padre. Total, que les llevaba todes
él. En esta situación estuvo durante mucho tiempo, años, día sí y día también
aguantando les borracheres del padre, las palizas, los golpes…
Cuando
cumplió los veinte, allá por el año sesenta y tres, un buen día desapareció.
Debió pensar que los hermanos ya eren bastante mayores y que ahora tocabaios a
ellos aguantar al padre. Tiempo después, un par de años o así, enteramonos por
unos conocidos de Sobrescobio, que estaba en Bélgica, en Lieja trabayando en
una mina. Por lo que parez, había aprovechado la emigración ilegal que se había
generado a raíz de les huelgues de la minería asturiana de los años 62 y 63 por
la que cantidad de mineros se fueron a trabayar a les mines belgas al margen
del instituto español de emigración, precisamente para evitar represalias del
régimen.
Como
podréis imaginar, los hermanos pequeños de Pepe Luis heredaron les palices, les
borracheres del padre y demás; pero no aguantaron tanto como su hermano y poco
a poco, a medida que se iben haciendo mayores, se marchaban. Algunos lejos,
como Pepe Luis, emigraben a ver mundo, a correr la aventura, cualquier cosa con
tal de escapar de Angelón; otros, sobre todo les hermanes, procuraban casarse
lo antes posible y marchar de casa, aunque se quedaran en el mismo pueblo.
Angelón,
finalmente murió, a mediados de los ochenta, completamente solo, abandonado por
todo el mundo, enfermo de silicosis, de cirrosis y de no sé cuantas osis mas. Se lo había buscado, no había
quien lo aguantase. Desde que murió la muyer y se dio la bebida era insufrible;
pero desde que lo jubilaron, relativamente pronto a causa de la enfermedad, su
presencia era auténticamente insoportable para todo el mundo.
No
volvimos a saber de Pepe Luis hasta que murió Angelón. Volvió, casado y con
tres hijas. Las cosas no le habían ido demasiado bien. Tuvo trabajo durante varios
años en las minas, pero a principios de los setenta la reglamentación laboral
belga cambió radicalmente y muchas de las minas cerraron; otras empezaron a
emplear mano de obra procedente del Magreb africano que salía más barata, si
bien estaba mucho menos cualificada; en cualquier caso, menos conflictiva
laboral y sindicalmente hablando. Pepe Luis no quería volver a España con el
rabo entre las piernas y tuvo que buscarse la vida. Trabajó de casi todo, de
camarero, de albañil, de limpiabotas, que se yo, un montón de historias, pero
finalmente tuvo que desistir, las cosas iban a peor y pensó que, una vez que su
padre ya no estaba, a lo mejor era buena opción volver al pueblo.
En
los años que estuvo en la mina, en Lieja, se había convertido en un barrenista
de primera, por lo que no tuvo ninguna dificultad en que le contrataran en el
Pozo Barredos y las cosas empezaron a mejorar. Trabayaba duro y consiguió hacer
unes perruques; compró un prao, nunca quiso lo que i tocaba de la herencia del
padre, y construyo una casina muy apañada, que ye donde viven ahora. Los
vecinos siempre hablaben muy bien de ellos, de todos, aunque a les cries
costoios bastante hacese a esto, a les costumbres, al campo en vez de la
ciudad, a la manera de hablar, y eso que en casa siempre hablaben español.
Llamabaios la atención que nunca pegaba a les rapacines, nunca i os puso la
mano encima, decía que sabía de sobra lo que era pasar miedo delante de un
padre y que no queríe que les sus fies pasara por lo mismo que él.
Les
fies crecieron y les dos mayores casáronse. La pequeña, que i os salió bastante
más fea y más burra que les otres, espantaba a los mozos, así que quedose con
los padres.
Pero
estaba visto que a esti paisano no i podía durar lo bueno. En el noventa y
tantos, debía de llevar unos diez años en el Barredos, hubo un accidente en la
mina que estuvo a punto de costai la vida; derrumbose un costeru y enganchoi
una pierna. Operaronlu un par de veces pero quedó mal, no pudo volver a la mina
y tuvo que jubilase, pero aunque había sido por accidente, como llevaba pocos
años cotizando en España y la seguridad social de aquí y la belga parez que no
se pusieron de acuerdo por lo que había cotizado allí, el casu ye que la
pensión que i quedó al pobre Pepe Luis ye más bien pequeña. Hombre, no ye que
esté pasando dificultades pero vamos, sobraos precisamente no van.
Yo
creo que esta precaria situación económica, que amarga la existencia a
cualquiera, junto con la burrez innata que tiene, ha hecho que la fia pequeña
se haya vuelto tan malencarada y tan insoportable como lo fue su abuelo
Angelón. Otros dice que no, que lo que i falta a esa muyer ye un hombre en la
cama, pero pa mi que no, que en esti casu no ye esi el problema. Llévalo en los
genes.
La
cuestión es que, quien i lo iba a decir al probe, a la más mínima la fia pegai
unes palices al padre que lu desloma, con lo que Pepe Luis, que ya no está pa
muchos trotes, en cuanto tien oportunidad escápase pal chigre y aquí pasa la
mayor parte del tiempo, hablando con unos y con otros, contando anécdotas de su
periplo en Bélgica, que les pasó de aupa; pero ya veis, muy rara vez habla de
su padre y de lo mucho que tuvo que tragar siendo solo un chaval.
– ¡Ramón!
– La voz de Tina les sobresaltó desde el piso de arriba - ¡Son casi las dos de
la mañana! ¿Vas venir pa la cama o que?
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