lunes, 30 de mayo de 2016

ESPECIES EN EXTINCIÓN

Hace años, no muchos, este país estaba copado por la clase media; se podría decir que la mayoría pertenecíamos a una clase media que, al contrario que el planeta, se expandía por los polos; algunos, por arriba, deseando que sus patrimonios pasaran desapercibidos; muchos, por abajo, luchando porque fueran sus deudas las inadvertidas. Mucho postureo, mucha apariencia, pero ¡Qué tiempos aquellos!

 ¿Volverán, cual golondrinas primaverales? Se hace difícil creerlo, a pesar de lo que se esfuerzan todos los telediarios ofreciéndonos, día sí día también, indicadores económicos halagüeños que señalan una inequívoca salida de la crisis. No se vislumbra esa posibilidad, aunque los partidos políticos, todos casualmente, se apuntan al carro de los vencedores. Unos cual gladiadores que se batieron con todos los enemigos posibles; otros, erigiéndose en paladines de un nuevo orden social entonando seductores cantos de sirena.

En cualquier caso, es notorio que ninguno, del uno al otro confín del hemiciclo, parecen preocupados por la desaparición (¿extinción definitiva?) de la otrora influyente clase media. Les pasa desapercibido el que, desde ong´s como Intermón Oxfman, hasta fundaciones como la del BBVA, marquen un alarmante 38,5 % como la cota de familias que están en situación de vulnerabilidad. En España, claro.


Seguro que los datos de Venezuela les son mucho más familiares.

SORPASSO

En estos últimos tiempos, días, oigo, cada vez con mayor frecuencia, hablar del sorpasso. Todo el mundo, político se entiende, habla sin parar del sorpasso. Supongo que, como todas las modas, el adoptar extranjerismos para definir situaciones perfectamente definibles en román paladino, no deja de ser un esnobismo intelectualoide y, como tal, espero que transitorio y deseo que corto.

Lo sorprendente (o quizá no tanto), es que ese esnobismo no deja títere sin cabeza: “El presidente de Aragón, Javier Lambán, ha dicho hoy que no cree que se vaya a producir el "sorpasso" de Podemos al PSOE en las próximas elecciones”. “Felipe González duda de que haya 'sorpasso' de Podemos e IU”. “Susana Díaz, ha asegurado hoy que el "sorpasso" de una coalición…”. “El CIS garantiza el sorpasso de Podemos e IU sobre...”. “Podemos dice que no pretende "el sorpasso al PSOE". Y así hasta la infinitud. ¡Qué lástima!

A mí lo del “sorpasso” me recuerda a una monja de clausura que conocí hace algunos años, se llamaba Sor Proserpina, pero todas sus correligionarias la llamaban Sor Paso porque era la hermana portera y porque, que quieren que les diga, lo de Proserpina…

A los políticos (y a los medios de comunicación) les debe de pasar lo mismo, que no les gusta la palabra “adelantamiento”, o no la conocen, vaya usted a saber. Bueno, por mi parte yo me voy a saber.

PARADISÍACO SIGLO XIX

El presidente de la CEOE, el señor Rusell, dice que “el empleo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”.

Paradisíaco siglo, donde la población trabajadora (censada) era del 30% (menos de cinco millones), de los cuales 4,3 M. lo eran en el sector primario (agricultura, pesca, minería), siendo la primera la que más mano de obra empleaba.

En un país en el que el 80% del terreno cultivable es de secano, muy estacional (la trilogía mediterránea: olivar, vid y cereal), cabe pensar, sin necesidad de ser un genio, que la oferta de empleo se reducía a los meses de temporada. Nos encontramos pues, un país mayoritariamente de temporeros.

Puede pensarse que estos “picos” del empleo provocarían altas remuneraciones. Craso error; para evitarlo, los propietarios disponían de dos métodos: la tasa de jornales (precios pactados con los ayuntamientos antes del inicio de la temporada) que fue abolida (oficialmente) en 1767 pero utilizada en la práctica hasta comienzo del S. XX. Y la contratación de inmigrantes de otras regiones que recorrían el país en cuadrillas, con sus propias herramientas y comiendo o durmiendo sobre los propios campos (Goya los retrató en su cuadro de Los Segadores).

Tampoco aliviaron la situación (de los trabajadores) las desamortizaciones (Mendizábal 1836). Se privatizaron las tierras comunales, donde los vecinos explotaban unos recursos modestos, pero que marcaban la diferencia entre la supervivencia y el hambre.


Los trabajadores del S. XIX se estarán partiendo de risa.

LECTURA O PASIÓN

Cuando cumplí cuatro años estaba aprendiendo a leer. Hoy puede parecer una aberración, pero en 1962, sin LOMCE ni similares, ya leíamos a esa edad.

Yo le echaba mucha afición, leía todo lo que caía en mis manos. Por eso, ese día cogí el periódico pensando que, siendo mi cumpleaños, y siendo yo el ombligo del mundo, tendría que hablar de mí, incluso con foto.

Esa fue mi primera gran desilusión. La prensa local, la asturiana, de aquel once de mayo tan solo se hacía eco de la huelga de la minería, que desde varios días atrás conmocionaba la sociedad y socavaba, decía la prensa del movimiento, los cimientos del glorioso… En voz baja, para que yo no lo oyera, no fuera a ser que lo repitiera en algún sitio inconveniente, mi abuela decía que estábamos como en el treinta y cuatro. Yo, que tenía oído de tísico, dije que no, que nuestro portal era el treinta y seis, no el treinta y cuatro. No supe de que se reían.

Supongo que la primavera trae aires de renovación, o de revolución. Antes de la de Asturias del 62 fue la de Polonia del 56, después la de Praga del 68, o el mayo francés. Es como si el mundo, cuando llega mayo, quisiera quitarse de encima el muermo, o el invierno.


Hoy, otra vez once de mayo, ya se han ido muchas cosas de antaño, ya no hay (casi) minería en Asturias, tampoco está mi abuela, y el glorioso, menos mal, tan solo es un triste recuerdo. También me di cuenta que no era el ombligo del mundo, pero sigo siendo un ombligo que lee.

NUEVOS TIEMPOS PARA VIEJAS HISTORIAS


Vaya por delante mi más profundo respeto por cualquier tipo de creencia religiosa. Cosa probada es que fui educado en la rancia fe del neo catolicismo del antiguo régimen, como correspondía a toda una generación enmarcada en la decadencia de las postguerra (no caeré en la tentación del anglófono baby boom).

Quizá sea esa posible saturación infantil de catecismos, rosarios, misas, ejercicios espirituales, la que me llevó al descreimiento actual y, es más, a considerar la Religión (con mayúscula que las abarca a todas) una auténtica superchería que lo único que aporta a la sociedad, al mundo, son problemas, odios, enfrentamientos, falta de comprensión,…, guerras.

Esto no contradice mi respetuosa afirmación inicial. Cierto, no respeto las religiones, pero sí a las creencias de las personas. Están en su derecho.

Viene esto a cuento porque hoy, por casualidad, entré en una iglesia (católica) y quedé epatado. Hacía décadas que no pisaba una, a lo mejor es eso. Para empezar, la puerta de entrada al pórtico era de cristal, corredera, activada con una fotocélula. En dicho pórtico, en la esquina superior izquierda, una gran pantalla nos ofrecía, con atractivo diseño, el menú horario de actividades. Una segunda puerta, corredera como la anterior, nos introducía directamente al… ¿salón de actos?, donde el altar parecía un escenario y los púlpitos, dos, servían como soporte de enormes pantallas, a imagen y semejanza de un concierto del Boss.


Huí despavorido. No fuera a ser que me enganchase.

domingo, 22 de mayo de 2016

DÍA DE REYES



Cuando recuperó el conocimiento se encontró en el suelo, tumbada boca abajo, con el lógico aturdimiento que se presupone en estos casos; lo veía todo borroso, había perdido las gafas al caer, le pareció verlas a poco más de dos metros de donde estaba; intentó alcanzarlas pero un dolor lacerante le taladró desde la rodilla a la cadera impidiéndole cualquier movimiento, a la vez que le arrancó un gemido lastimero. Bueno, lo de no ver con claridad no constituía en ese momento su mayor preocupación. Así todo consultó su reloj de pulsera, un acto reflejo, no pudo ver qué hora era por lo que tampoco supo que había estado más de media hora inconsciente.

Intentó tranquilizarse en la medida de lo posible; ya que no podía ver, debía al menos pensar con claridad, evaluar las posibilidades de solventar la difícil situación en que se encontraba. Estaba claro que lo de moverse debía descartarlo; cualquier movimiento, no ya intentar ponerse de pie o semi incorporarse, sino el simple intento de arrastrarse para alcanzar las gafas le había producido un dolor tal, que incluso temía mover siquiera un brazo. Estaba al final del vestíbulo, en el pasillo de entrada a la casa, no le separaban de la puerta de la calle más que unos cinco metros, pero en esas condiciones, y con sus setenta y tres años a cuestas, se sentía como un náufrago en medio de un océano.

Su hija pequeña, su yerno y los niños se habían ido a eso de las nueve y media de la noche, después de haber pasado juntos un agradable día de Reyes; “¿qué hora sería ahora?”, daba igual, tenía claro que no iban a volver, ni tampoco llamarían por teléfono para avisar que habían llegado a casa por un viaje de apenas tres cuartos de hora. La única solución pasaba por llamar la atención de las vecinas, las más próximas, la de enfrente del rellano, o la de abajo. Lo mejor sería la de enfrente, Palmira, que además tenía llave de casa, pero no veía forma de poder alertarla, al menos esa noche. Mañana se pasaría, como todos los días, para ver si necesitaba que le trajera algo del mercado; pero a lo mejor mañana ya era tarde. La otra posibilidad era la vecina de abajo, Benedicta; podría intentarlo dando golpes con algo en el suelo de madera, pero Bene vivía sola y estaba sorda como una tapia; además, como no diera puñetazos en el suelo, no veía con qué podría golpear. La opción del teléfono tampoco le pareció viable, estaba en el salón, aún más lejos que la puerta de la calle, no podría llegar hasta él. En el año noventa y cuatro los móviles aún eran ciencia ficción, por no hablar de la medalla pulsador de la Cruz Roja, a la que le quedaban años para ser una realidad.

No debería de ser muy tarde ya que, a través de la ventana del vestíbulo que da al patio de luces, aún se entreveían reflejos de luces encendidas en los pisos de abajo. No se le ocurría ninguna solución pero intentaba no desesperarse. Era lo suficientemente mayor para saber que la paciencia daba mejores resultados que perder los nervios; además, no tenía miedo, no le asustaba morir, pero el dolor lo soportaba mal. Le ayudaría pensar en otra cosa.

Le vino a la memoria aquella otra vez que había estado así, tirada boca abajo, sin poder moverse, solo que entonces sí que estaba muerta de miedo. Hacía ya muchos años pero conservaba fresco el recuerdo - ¡cómo olvidar aquellos años! – estaba en Granda, en plena guerra civil, era el otoño del año 37. Las tropas rebeldes intentaban tomar Gijón, la última ciudad que se les resistía en el Cantábrico. La aviación hacía vuelos rasantes en las afueras y pueblos de alrededor, ametrallando todo lo que se movía. Ella, que tenía entonces diecisiete años, estaba en casa de sus tíos, acogida desde tiempo atrás, después del miedo cerval que había pasado en su pueblo, en la cuenca del Nalón, cuando una cuadrilla de falangistas enardecidos la rodearon, la acosaron, la humillaron.

Ayudaba a sus tíos y primas en las labores del campo, con el ganado, en la casa. Aquel día le encargaron que llevase unas botellas de leche a una casa del pueblo vecino; a mitad de camino empezó a oír los motores de los aviones acercándose, antes de verlos. De repente aparecieron por detrás de ella, eran dos aviones que, al verla, empezaron a tabletear sus armas. Dio un grito, soltó las botellas y se tiró al suelo, en la cuneta del camino. Allí permaneció sin moverse hasta que después de un par de pasadas más disparando sus ráfagas, los aviones abandonaron la presa y siguieron su deriva hacia la ciudad. Aún tardó cerca de dos horas en poder moverse, hasta que su tío la encontró rígida de miedo, en la misma cuneta en la que se había encogido, y se la llevó a casa.

Las horas pasaban despacio. Hacía ya mucho tiempo que todo estaba oscuro, en silencio; lo único que oía era su corazón latiendo. Estaba muy desorientada; el dolor le había hecho perder la consciencia en varias ocasiones, o quizá el cansancio la había rendido y se había dormido; o los recuerdos la habían trasladado otra vez a aquellos años de sufrimiento e intenso miedo. O tal vez fuera la suma de todas esas cosas, unidas al arrepentimiento por no haber hecho caso a sus hijas, dejar aquella casa, un quinto sin ascensor, que la ataba a los recuerdos del marido ausente, pasar los pocos, o muchos, años que le quedasen en compañía. Sentirse querida, cuidada, mimada…

Parecía que había algo más de luz, puede que comenzase a amanecer. Había sido una noche larga y dura, pero ahora todo mejoraría. Una fractura de cadera era una buena excusa para un cambio.

miércoles, 27 de abril de 2016

SÍ QUE NOS REPRESENTAN



¿Merecemos la tristeza de líderes que nos han tocado en suerte?, ¿son dignos representantes de un pueblo incapaz de hacerse entender mediante el diálogo, la razón y la consecución del bien común? Sí, sin duda alguna.
¡Votemos pues! ¿Qué más nos puede pasar?

DE SOMBREROS Y FAMILIARES



Nuevo escándalo panameño a la palestra, pero viejas, ya, excusas del político (o famoso) de turno. No sé dónde vamos a parar. Asistimos con estupor al haraquiri de toda una generación de próceres que nos demuestran día a día tal altura de miras que no saben ver lo que esconde la alargada sombra de su entorno familiar. Personas que han sido encontradas dignas de que depositemos en ellos nuestra confianza y nuestro voto, cuando no el precio de una entrada de cine, que no es moco de pavo hoy día, y que son traicionadas por unos familiares sin escrúpulos, capaces de actuar en su nombre, creando sociedades pantalla (me resisto a los términos anglófonos teniendo un idioma como el nuestro, pero esa es otra historia), evadiendo impuestos y, encima, no haciendo partícipes de esa información a sus allegados.
Allegados que, transidos de dolor, abrumados por la responsabilidad, se ven en la imperiosa necesidad moral de conjugar el verbo dimitir. Allegados que, mejor les hubiera ido convocando un cónclave familiar, antes de lanzarse a la arena pública, para examinar en conciencia y a conciencia cualquier atisbo de felonía entre la caterva de cuñadas, hermanos, consuegros y Brutos en general. Ahora tan sólo les queda el derecho al pataleo de excluirles de su esquela, al menos de la política.
Este mundo era más feliz cuando Panamá era simplemente un sombrero.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

ESA ES LUISA



    Esa es Luisa. Lleva aquí doce años, es agradable, amable, pero siempre está sola; nunca habla con nadie, contesta, sonríe, pero no conversa. Tampoco recibe visitas; nadie en la casa recuerda que haya venido nunca nadie a verla, ni que haya recibido correspondencia; nada, ninguna relación con el mundo. Como si no hubiera tenido jamás una vida anterior a ésto.
Era mi primer día en la Residencia. Había conseguido el trabajo después de una dura pugna con otros candidatos en el proceso de selección. Por fin había conseguido mi primer trabajo remunerado como psicólogo, siete años después de haber acabado la carrera, una fiesta. El jefe de personal me acompañaba presentándome al resto de técnicos, enseñándome las instalaciones, comentándome algunos chismes sobre los residentes con los que nos cruzábamos.
Al día siguiente, primero efectivo de trabajo, busqué y me hice el encontradizo con Luisa. Ni que decir tiene que me habían intrigado los comentarios del jefe de personal, por lo que me había pasado la noche desempolvando los apuntes de la carrera sobre gerontopsicología, buscando posibles terapias para el tratamiento de la depresión en ancianos; el diagnóstico prematuro es un mal común a todos los novatos.
La encontré en el jardín, sentada en un banco a la sombra de un árbol, bucólico y acogedor, no lo hubiera escogido mejor. Esperaba un rechazo frontal a la conversación, sin embargo me acogió con una agradable sonrisa y una aguda mirada, taladrante. Comencé la conversación con evasivas típicas, que buen tiempo hace, que agradable lugar, como tan sola por aquí,…Pero Luisa fue directamente al grano.
    Mire joven, se perfectamente quién es usted y la labor que va a desempeñar; y me puedo imaginar, sin temor a equivocarme, que tipo de comentarios le habrán hecho sobre mí, por lo que le ruego que no se ande con rodeos.
Se sonrió con una mirada mucho más acogedora ante la cara de sorpresa que se me puso y el calor que inundaba mis mejillas.
    No, por favor, no crea que… - balbuceé – yo tan solo quería…, en fin, simplemente se trata…
    Vamos, vamos, no se justifique. Está haciendo su trabajo y seguro que sabe hacerlo bien. ¿Qué le preocupa?, ¿qué le han contado?
De buenas a primeras me había percatado que Luisa no era el prototipo de anciano inactivo y aislado que se vuelve menos capaz socialmente, presentando un mayor riesgo psicopatológico de problemas interpersonales y emocionales, activadores del deterioro cognitivo y especialmente de la depresión, no. Me había desarmado de un plumazo todas las alternativas que había estado manejando.
    Pues bien, Luisa. Me han dicho que habitualmente le gusta aislarse, que no suele relacionarse con otros residentes, que no recibe visitas, ni correspondencia – le dije utilizando un tono de voz bajo, claro, cariñoso, mirándole fijamente a los ojos, sonriendo.
    Vaya, vaya, ¿y eso le preocupa? – preguntó con una carcajada – Mire querido, efectivamente me gusta estar sola, que no es lo mismo que aislarme, no se confunda; no me aíslo, todo lo contrario, estoy muy centrada, concentrada más bien, en todo lo que me rodea, y me afecta, y pienso en ello. Por otra parte, sí, no suelo relacionarme con otros residentes, pero no les rehúyo; y no, no recibo visitas ni correspondencia porque, desgraciadamente ya no queda nadie que pueda venir a visitarme, o escribirme. Pero no, no saque conclusiones anticipadas; esta falta de lazos familiares no me genera una especial fuente de tristeza, ni una pérdida de interés en la vida, ni tan siquiera una incapacidad para disfrutar con las cosas que generalmente dan satisfacción. Tampoco, a pesar de mis más de noventa años y varios achaques, tengo una sensación de fatiga o cansancio más allá de lo que pudiera ser normal. Ni por asomo me falta el apetito; duermo de maravilla, toda la noche de un tirón, que hace que por las mañanas me levante descansada y relajada; es difícil verme irritable o de mal humor. Me considero una persona muy capaz, a pesar de mis limitaciones, y tengo una gran confianza en mí misma y en mis habilidades. Por último puedo asegurarle que no tengo ningún sentimiento de culpabilidad por nada de lo que haya podido hacer, o dejado de hacer en mi vida; claro que me arrepiento de muchas cosas, pero todo lo que hice, en cada momento, fue fruto de la reflexión; si me arrepiento es únicamente porque los resultados, en ocasiones, no siempre fueron los deseados. Todo lo cual no me produce ningún pensamiento suicida. Estoy contenta de estar viva y espero estarlo aún durante muchos años. Quiero creer que esta perorata haya contestado todas las preguntas que tenía pensadas y, sí, efectivamente, he leído mucho en mi vida, algún manual de psicología incluido.
No es que me dejase sin palabras, se supone que debo de tener las tablas y el conocimiento suficientes como para afrontar este tipo de situaciones pero, desde luego, me dejó sin argumentos. Estaba orgulloso de la táctica que había diseñado para el acercamiento a esta mujer, una estrategia basada en una mezcla de las teorías sistémica y constructivista, que me había parecido un verdadero ingenio de psicodiseño y que ya estaba destinando a mi papelera de reciclaje interna.
    Ya, Luisa, todo eso está muy bien, se sabe usted la teoría, pero no parece que domine la práctica cuando voluntariamente se aparta del resto. Veo que mantiene una agudeza y una rapidez mental envidiables, sin embargo me pregunto si sería capaz de aplicarlas a la realidad del mundo actual; en el hipotético caso, claro, que su aislamiento, perdón, soledad, no le impida estar al corriente -  traté de estimular, de pinchar un poco más hondo. Estaba, inesperadamente, ante una interlocutora muy difícil de encasillar o que, posiblemente no precisara encasillamiento alguno; también se me iba al traste una posible terapia de validación.
    Vamos a ver, joven, ¿Cómo se llama? Ah, Manuel – leyó en la placa de mi bata – mire Manuel, desde siempre he sido una persona activa, intelectualmente hablando, ávida por saber lo que pasa a mi alrededor y, por supuesto influenciable. Con los años he ido aprendiendo a pensar, a reflexionar, a interiorizar todos los estímulos, noticias, avatares que recibo. A darles vueltas y, por supuesto a sacar mis propias conclusiones que, equivocadas o no, son las mías, las que me valen, las que asumo y me refuerzan. Estoy al tanto de la realidad, por supuesto, pero no indago excesivamente sobre ellas o, al menos, no en el sentido de dejarme bombardear por diferentes medios de distintas tendencias. Ya soy muy mayor y, por eso, puedo asegurarle que estamos en una época increíble, la era de la información, la llaman. Nunca ha habido tanta información como ahora, cierto, pero también le digo que nunca ha habido menos reflexión que ahora. En la actualidad nos venden la información, pero en realidad lo que nos tratan de vender son las ideas, las tendencias; es notorio las diferencias existentes en una misma noticia ofrecida por periódicos de distinta índole. No quieren que la gente esté informada, les trae al pairo, lo que quieren es vender una idea, quieren ser los gurús del sistema, quieren seguidores, fanáticos (aunque lo llamen fans), quieren poder, quieren éxito ¿a cambio de qué? ¿de qué la gente esté más informada?, no, de que la gente sepa lo que ellos quieren que sepan. Por eso me paso tanto tiempo sola, porque estoy pensando, analizando cada noticia que recibo, cada estímulo. Estoy llegando a mis propias conclusiones, procurando ser objetiva, sin injerencias, influencias, intoxicaciones mentales; como soy mayor, esto me lleva mucho tiempo.
    Pero los intercambios de opinión, los debates, las conversaciones suelen ser enriquecedoras; nos hacen ver las cosas de otra forma, desde otro prisma. Podríamos generar sesiones de este tipo entre los abuelos, perdón, - rectifiqué -  los residentes.
    Seamos realistas, Manuel. Asumamos nuestra realidad, nuestro entorno. Resulta bastante difícil hablar aquí sobre ciertos temas. Y cuando digo aquí, no me estoy refiriendo a la residencia, o no tan solo a la residencia, sino a la sociedad en general. No somos precisamente un pueblo de conversación, sino de confrontación; al igual que no somos un pueblo de adversarios, sino de enemigos; conmigo o contra mí; admitámoslo, es nuestra idiosincrasia. Cuando se genera un debate, por muy civilizados que aparentemos ser, siempre tratamos de vencer, no de convencer. Insisto, yo ya estoy muy mayor para ciertas cosas, no me interesa. Ahora bien, por lo que a la residencia se refiere, a las residencias en general, por mal que nos parezca, o que quede mal en decirlo, o no sea políticamente correcto, como se dice ahora, estamos hablando de aparcamientos de inservibles, de gente que ya no puede aportar más que molestias; si, de acuerdo, estoy generalizando y eso no siempre es bueno, o no es correcto, pero estará usted de acuerdo conmigo en que ese sentir es mayoritario; con todo y con eso, lo peor del caso es que los propios residentes llegan a creérselo; de eso a vivir tan solo de recuerdos, hablar únicamente de la familia y perder la mirada en ensoñaciones de lo que fue y no es, o de lo que pudo haber sido y no será, solo hay un pequeño paso. Por cierto, hágame un favor, cuando hable de nosotros, de la gente mayor, de los ancianos, no nos llame abuelos; sí, ya sé que pretende ser un término cariñoso y que está muy extendido, desgraciadamente pero, que quiere que le diga, no nos hace ni puñetera gracia; la relación abuelo -nieto es algo muy personal, muy íntimo, muy entrañable; eres abuelo de tus nietos, no eres abuelo del mundo por el hecho de que te hayas hecho mayor, solo tus nietos tienen derecho a llamarte abuelo, cualquier otra utilización del término es una adulteración y una falta de respeto; y eso suponiendo  que realmente seas abuelo; imagínese en el caso de los que no lo somos. Créame, no nos gusta que nos llamen abuelos.
Durante el resto del día tuve una sensación extraña en la boca del estómago, una especie de vértigo que no acertaba a definir; por momentos me parecía que estaba próximo a padecer una crisis de pánico, si el primer día había sido así…; en otros momentos me parecía todo lo contrario, un apretón ilusionante de mis entrañas ante todo lo que se avecinaba. Al llegar la noche me costó conciliar el sueño, se me repetía una y otra vez la conversación ¿monólogo?, con Luisa.
Desde entonces, y ya ha pasado algún tiempo, he tenido días mejores y peores, me he encontrado con casos más o menos fáciles, más o menos tristes, situaciones emocionales complicadas. En esos momentos más duros, que los hay, busco descaradamente, sin hacerme el encontradizo, a Luisa. Mi terapia personal.