viernes, 2 de septiembre de 2016

MODAS



Ya. Ya sé que es la moda. Pero no me gustan los pantalones rotos. Lo siento, pero no lo puedo remediar. Y no, no es que sea un antisistema de las roturas como alguien podría pensar, ni mucho menos. Me encantan, por ejemplo, las fracturas gastronómicas de los huevos rotos. Ya sean acompañados de jamón, de chorizo o de morcilla. ¡Qué ricos!.

También me declaro un ferviente defensor de la sonora y estética tradición de la rota de la hora, aunque no busque tras ella significado religioso alguno.

Disfruto una barbaridad con las roturas de servicios en el tenis, o quizá debería decir con Nadal, del que me declaro seguidor incondicional.

Pero insisto, por muy de moda que se hayan puesto, no puedo con los pantalones rotos. Como decía mi madre, si mañana se pone de moda salir con un tiesto en la cabeza… ¿tú, que?

Y es que, sí, mi madre tenía razón, hay modas que merecen palos.

MOSTRUOS Y DEMONIOS



Y después ¿qué? Todo parece indicar que, si nadie lo remedia, en navidades estaremos nuevamente votando, y no con entusiasmo precisamente. Y parece que “nadie” no está por la labor de remediar nada. Pero, ¿soluciona algo una tercera convocatoria a las urnas? Además de ser una vergüenza y una auténtica tomadura de pelo, me temo que una vez escrutada la cada vez más exigua recolección de votos, volveremos a estar en la misma tesitura que después de las primeras o las segundas votaciones. Por eso mi pregunta inicial, “y después ¿qué?”. ¿Unas cuartas? ¿Unas quintas elecciones? ¿Hasta cuándo? ¿Cuántos más despropósitos disparatados nos harán padecer?

Están consiguiendo, no sólo que la ciudadanía, anónima y siempre a pie, se cabree mucho, de verdad; sino que se empiecen a cabrear los poderes fácticos, esos invisibles que son los que realmente manejan el cotarro y que necesitan un gobierno de verdad, no en funciones, un gobierno que les sirva de pantalla, al que poder apretar, exigir, exprimir, chantajear, corromper,… pueden añadir todos los infinitivos que se les ocurran.

En otras épocas, no tan lejanas, esos poderes fácticos se identificaban con el ejército, o con la iglesia. Hoy día, el único Poder (con mayúscula) reconocido que mueve voluntades y moldea la sociedad a capricho es el dinero.

El cabreo de ese poder es peligroso, además de tremendamente sibilino, porque no se le ve, ni se le oye; actúa sin avisar y, una vez se pone en marcha, difícilmente se le puede parar. Más nos vale idear alguna fórmula que nos ponga de acuerdo, cualquier cosa nos puede valer, todo antes de que se despierte el monstruo. La última vez nos costó tres años de guerra y un millón de muertos. No tentemos al destino.

ALARMA SOCIAL



Leo en la portada del Heraldo de ayer que la juez que instruye las diligencias del doble atropello ciclista en Botorrita no ha considerado la prisión preventiva del autor de los hechos al considerar que no existe alarma social.

En su artículo de opinión, Santiago Mendive reflexiona sobre la sensación de impunidad que se nos instala en el alma, ante tal decisión; incluso reconociendo la inviabilidad de que dicha prisión preventiva se aplique como castigo añadido al acusado.

Mendive incide en la alarmante posibilidad de que el ínclito reincida en una ebria conducción, una vez se vea en libertad. Posibilidad, o probabilidad a tener en cuenta dada las circunstancias que concurren. Una persona que ya cuenta con cierta edad y con dos “dedos de frente”, no se pone al volante cuando ha bebido, salvo que lo haga habitualmente.

Pero hay otros motivos alarmantes; por ejemplo que un hijo de uno de los fallecidos, transido de dolor por la muerte de su padre, y sintiéndose ofendido al ver a su ejecutor en libertad, decía tomarse la justicia por su mano y le abra la cabeza de un hachazo.

O que el presunto homicida, una vez tomada consciencia de la barbarie que ha provocado, en un ataque de culpable arrepentimiento decida poner fin a su sufrimiento y a su vida. Lo cual no dejaría de ser una fuga. 

Claro que yo no soy juez, y probablemente mi criterio de “alarma social” esté equivocado.

martes, 2 de agosto de 2016

REDUCCIÓN



Diríase que España, y Zaragoza, van a menos, encogen, se contraen sobre si mismas. Todo va a menos. Algunas de estas contracciones las vemos en positivo, otras no tanto. Quizá estemos ante las consecuencias tardías de la explosión de la burbuja en la que estábamos sumergidos en la primera década del siglo, no sé, es posible. Pero deberíamos hacérnoslo mirar.


Viene ésto a cuento de las numerosas noticias reductoras que constantemente abordan los medios de comunicación; alentadoras algunas, como indico, tales como que la tasa de abandono escolar desciende a mínimos históricos, o a la constante reducción del paro que observamos en las últimas encuestas de población activa, o a la reducción de los tipos de interés que aflojan el agobio de una mayoría de españoles hipotecados, por no hablar de esa prima de riesgo que campea desde hace algún tiempo en mínimos esperanzadores. Se reducen también, aunque no esté siendo éste un buen año, los fallecidos en accidentes de carretera.


Otras, sin llegar a ser preocupantes, nos encienden la luz de la reflexión. Por citar algunas de las últimas aparecidas, la reducción de nacimientos en el Servet, o la bajada de usuarios en las piscinas municipales.


A mí esta constante obsesión por los decrementos, o por resaltarlas en los medios, me instiga sensaciones contradictorias. Se me antoja que la sociedad española padece ese sentimiento que nos asola cuando llegamos a la vejez y vamos prescindiendo, poco a poco, de todo lo que nos rodea, reduciendo nuestras necesidades a medida que vamos perdiendo facultades, o ganas, o ilusión. Y terminamos encogiéndonos sobre nosotros mismos, adoptando una posición fetal mientras esperamos lo que sea, en una habitación de doce metros cuadrados de una residencia, con tan sólo una cama y una silla.

lunes, 1 de agosto de 2016

MI ABUELO



En alguna ocasión anterior ya me referí a mi abuelo como una persona un poco tocada del ala. No se trata de una afirmación a la ligera, a las pruebas me remito. Una de ellas la constato cada vez que vamos por la AP-2. Al pasar por debajo del monumento erigido al Meridiano de Greenwich se empeña en que todos debemos de agacharnos y tapar la cabeza en evitación, dice él, de males mayores en caso de que se nos venga encima, “ya veréis el día en que esto se caiga, que un meridiano no es algo de fiar”, nos repite una y otra vez. 

Desde mis cuatro años escasos trato de explicarle que un meridiano es una línea imaginaria que sirve para calcular el huso horario y que, por extensión, es también el semicírculo máximo que pasa por los polos de cualquier esfera o esferoide de referencia; pero nada, que si quieres arroz Catalina. Él me mira con ojos incomprensivos, como miraría un profeta iluminado a un infiel agnóstico, y después menea la cabeza de uno a otro lado pensando, seguramente, que ya estoy perdida para la causa.

El otro día mi madre, que tiene muy poca paciencia y ningún sentido del humor para este tipo de tonterías, le dijo muy seria: “déjate de chorradas papá, es más difícil que se caiga esto encima de nosotros, que Echenique dimita por lo de la contratación ilegal del asistente”.

Mi abuelo se quedó muy serio, pensativo, y al cabo de unos minutos vi que le resbalaba una lágrima por la mejilla mientras susurraba por lo bajini “dios mío, qué país”.