Inmediatamente pedí
que cerraran la tapa del ataúd.
Los sentimientos que bullían en mi interior eran demasiado fuertes y pugnaban
por aflorar. Tampoco luché por evitarlo; al fin y al cabo allí dentro estaba
todo lo que había dado sentido a mi vida, todo por lo que había luchado, todo
por lo que había dado lo mejor de mí. Ya no quedaba nada, a partir de ahora tan
solo el recuerdo, sin fuerzas, sin ganas, sin ilusión, sin tu mirada. Me brotó
una lágrima, un beso, un suspiro y mi último latido antes de caer desplomado.
El adagio de Albinoni continuaba sonando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario